viernes, 27 de junio de 2008

Imaginarios sociales y sociedad carcelaria: construcciones del otro, y de sí mismo. Perspectivas desde una institución de menores*.

Claudio Contreras Véliz**

Resumen.

El presente texto aborda las representaciones sociales que se construyen al interior de la población juvenil del centro de detención de menores del Sename, en la comuna de San Joaquín, respecto de sí mismos y en su relación con el resto de la sociedad, como también de las representaciones que construyen del otro, es decir, del ciudadano corriente no penitenciario.

En una sociedad chilena, proclive a plantear soluciones de reclusión o internación para individuos considerados como problemáticos o conflictivos socialmente, se presenta esta doble composición de representaciones sociales entre dos grupos determinados: los jóvenes “delincuentes” y los ciudadanos corrientes ajenos a la realidad de los internos adolescentes.

Abstract.

This text addresses the social representations that are built within the youth population of the juvenile detention centre of Sename, in the comune of San Joaquín, with respect to themselves and their relationship to the rest of society, as well as representations that build on the other, namely the ordinary citizen not prison.

A Chilean society, prone to raise solutions internment or imprisonment for individuals considered as problematic or conflicting socially, presents this dual membership of social representations between two specific groups: young people “criminals” and ordinary citizens outside the reality of internal adolescents.

I.

Pantalla plana de realidades intangibles. Latencia de un acontecer, de un estar sucediendo entre nosotros, pero aún así, palpable –para una generalidad- sólo por medio de las paladas de existencias que entrega un aparato televisivo. Programas y shows de audiencias nacionales, donde por unas horas nos aproximamos, sensacionalistamente o no, a esos otros que constituyen la temida "cultura de la calle”, es decir, los “jóvenes delincuentes”. Imágenes parpadeantes entre la sucesión de un transcurrir cotidiano, entre la rutina del ir y venir desde y hacia el hogar, y la visibilización potencial por parte del lenguaje hegemónico de los medios de comunicación social.

Estamos cada vez mas inmersos en nuevas lógicas de ordenamiento global y local, de transformaciones producto de una “modernidad radicalizada” (Beck 2002), y que Ulrich Beck ha llamado la “Sociedad de Riesgo”, apelativo que busca expresar la característica central que bosqueja nuestro vivir: “La sociedad contemporánea está sometida a un cambio radical que plantea un reto a la modernidad basada en la Ilustración y abre un ámbito en el que las personas eligen formas sociales y políticas nuevas e inesperadas” (Ibíd: 1). Alteraciones que derivan en nuevos espacios sociales, culturales y hasta individuales. Aspectos como la exclusión-inclusión, ya no vista solo en campos atingente a políticas sociales orientadas hacia la población pobre de los Estado-nación, sino también en campos de rebeldía y resistencia a las políticas cohesionadoras de sociedades, más que locales-nacionales, globales. Realidades y tensiones, que arrojan indicios de nuevas resignificaciones en el convivir y coexistir. Conceptos como “Cohesión Social”, imperante en los horizontes públicos de las autoridades administrativas del Estado, que chocan frente a las tendencias de nuevos tipos de agrupamiento y relaciones sociales, de la individualización del sujeto social por otro lado, así como también de las nuevas comunidades y culturas resistentes (entiéndase también grupos como tribus urbanas) y/o reticentes al sentido de lo social, entendido e impuesto por otros grupos, ya en posiciones más hegemónicas, sobre el ser y sentirse en un ámbito social determinado.

De este modo, aspectos como la incertidumbre, la supervigilancia y la exposición entre los grupos sociales, modelan ciudadanías de regímenes fundados en la desconfianza, el control y los aislamientos sociales. Será en el “Allá”, en las estigmatizadas zonas periféricas de la ciudad, donde yacerá la noción colectiva de los grupos mejor posicionados en la comunidad urbana, la raíz del conflicto social. El “antisocial”, a fin de cuentas, simboliza para el ciudadano “corriente”, aquel sujeto inmerso en lo “preferiblemente deseable” por el que se aboga en las leyes y códigos de la sociedad, un elemento más de inestabilidad, inseguridad y de causa principal de la problemática que afecta al resto de sus congéneres, conciudadanos y/o connacionales.

De esta manera, la sensación de riesgo e inseguridad, impone en los grupos dominantes o mayoritarios, la concepción de herramientas y medios que permitan controlar a los grupos disonantes con la lectura social reinante bajo los preceptos de los patrones predominantes. Métodos, que se traducen principalmente en la privación de libertad, en el encerramiento y como diría Foucault, en el “buen encauzamiento” de los sujetos disidentes o inadaptados. Es, desde esta perspectiva, que el poder disciplinario –como bien explica el pensador francés- permitirá “enderezar conductas”, replanteando el sentido del vivir y de ser del sujeto cuestionado, esto es, la fabricación de un nuevo individuo (Foucault 2002: 157).

Es, en las instituciones carcelarias, a visión de la comunidad, el medio por el cual el “joven delincuente”, el “antisocial” si así se quiere, podrán ser controlados y asimilados a las racionalidades y modos de vida del resto de la sociedad, perpetuando un modo de control y sometimiento de aquellos otros no-controlados. Contexto institucional por lo demás, que delata la noción carcelaria como fundamento de solución exclusiva para todo agente inadaptado a los patrones socioculturales imperantes en el ordenamiento social. En un sistema y estructura social de tipo carcelaria, la directriz principal es la de un estricto “Control Social”, entendiéndose esto, que a partir de la relación igualitaria legalmente ante la organización social, igualmente se da una construcción asimétrica entre los individuos y el poder, especialmente el estatal: “El control que el Estado ejerce sobre el individuo, esta nutrida justamente de la “sumisión dóxica”, condición mental donde el sujeto obedece, pero reconoce los mecanismos ordenados detrás de la violencia simbólica” (Moreira 2001: 22). La identificación de los medios formales de control social, como el ordenamiento penal, la policía, los tribunales de justicia, y por supuesto, las instituciones penitenciarías (Ibíd: 17), serán principios arquitectónicos de una perspectiva social fundamentada en el control y el castigo reclusivo.

El principio de ordenamiento social fundado en la institucionalización de las estructuras de una sociedad dada, se yerguen más que nunca, como un importante paradigma de las sociedades modernas. Las “Instituciones Totales”, como le llamó Erving Goffman, denotan tales pulsaciones de la modernidad. La burocratización y control de hechos cotidianos en el vivir como dormir o circular, se ven alterados bajos los regímenes que organizan dichas instituciones, afectando e influyendo en el individuo internado sus practicas cotidianas que solía realizar. Así, las instituciones nacen como causa y razonamiento para comprender-se en la legitimación de la privación de libertad de otros, de personas que si bien pueden ser consignados como partes de una misma identidad nacional o regional, no se traduce sin embargo, en una igual identidad, al momento de experienciar y relacionarse bajo espacios territoriales contiguos, como podría ser al interior de las configuraciones espaciales de una ciudad.

Es que en la manera de organizarnos y vernos socioculturalmente, sobresalen muros construidos diacrónicamente sustentados en la legalización de las pautas sociales, de la burocratización de los espacios de reformación y control social, así como de la imposición de modelos ciudadanos en una época de conflictos globales-locales y en que las relaciones se entrecruzan y resignifican en un mundo de aconteceres líquidos como bien expresa Zygmunt Bauman. Liquidez de la sociedad, donde el individuo se eleva como agente, un actor, por este derretimiento de los ‘sólidos’, de las tradiciones y estructuras, a fin de cuenta, de los compromisos: “Los sólidos que han sido sometidos a la disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluidas son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivas –las estructuras de comunicación y coordinación entre las políticas de vida individuales y las acciones políticas colectivas-.” (Bauman 2002: 5). El sujeto, como agente libre, y la sociedad como contenedora de dichas decisiones, escurren entre patrones y tradiciones, desenvolviéndose en la declinación respecto de, precisamente, aquellos compromisos relacionales entre sí, como también, de los ordenes imperantes pero ya decadentes.

Situación contemporánea en que uno, como sujeto e individuo colectivo, se piensa y aprehende a los demás dentro de percepciones ideacionales, imaginarios originados en el ser humano y social.

En consecuencia, los “Imaginarios sociales”, entendidos como: “verdaderos esquemas de inteligibilidad de lo que es, en definitiva, una realidad invisible” (Baeza 2000: 9) fluyen ya no bajo “ideas” totalizadoras y coercitivas, sino, bajo múltiples modelos imaginarios de percepción experiencial en la cotidianidad del andar, hacer y vivir de la urbe.

II.

Dentro del juego relacional que se da en el universo de los grupos sociales que se constituyen en las sociedades, se presentan diferentes maneras de construir sentidos de pertenencia, identidades e imaginarios sociales, no obstante ideologías macro que aglutinan buena parte de ellos. Lo último, implica que si bien estamos inmersos en sociedades fundidas en procesos globales, modernizadores y de homogeneidad institucional y organizacional, igualmente se desarrollan significaciones y simbolismos individuales y colectivos, que serían esquemas absolutos de realidades (no siempre tangibles o visibles) y de sentido existencial colectivas, que van ligadas estrechamente con la historicidad caracterizante de la épocas contemporáneas a cada imaginario de un grupo social determinado: “Sugerimos, en verdad, que los momentos históricos van configurando formas de imaginar, individual y colectivamente y que éstas van, en un sentido dialéctico, caracterizando a esos mismos momentos históricos” (Baeza 2000: 16). Es en el sujeto, actor y protagonista, desde la cual se funda la génesis del imaginar, pero que va construyéndose a partir, del sentir de una colectividad.

Es así, como dentro de los marcos de una sociedad chilena, en un contexto sociocultural mestizo latinoamericano, y en relaciones internacionales sumidas en concepciones globales y de interconectividad, se pueden –aún así- distinguir grupos diferenciables muy marcados, reflejando con ello, construcciones ideacionales (imaginarios sociales) diferentes en rasgos más específicos unos de otros. De esta manera, existe por una parte, y en el caso especial que se intenta tratar, el imaginario de una sociedad y sus ciudadanos, de tipo economicista y legalista, con patrones y códigos culturales sustentados en el respaldo de instituciones y estructuras organizacionales tendientes a lo correccional y represión, con el fin de asimilar cualquier intento de escisión en las lógicas imperantes de las relaciones de poder. En cambio, por el otro lado, existe una ciudadanía más renegada, resistente de la institucionalidad de la burocracia y el encauzamiento. Individuos que ven en los organismos institucionales de control, un enemigo más que un ente responsable de bien público.

Así, jóvenes recluidos en instituciones penitenciarias o de privación provienen de ámbitos colectivos con expresiones socioculturales diferentes a los de otros grupos sociales muchas veces, vecinos a ellos. Expresiones como: “Voy a trabajar…” a tal lugar (referido por uno de estos adolescentes) cuando esa concepción de trabajo, significa para el otro “de robo”, ya implica construcciones e imaginarios distintos, hasta opuestos. Lo que para uno es asalto, robo, hurto; para el otro, es trabajo. El uno como el otro, representan, y se autorepresentan como legitimas expresiones desde lo cultural, legitimas manifestaciones en un mundo especifico y de lógicas afines a ellos en sus dimensiones particulares. La aprehensión del mundo será a partir de estos imaginarios erigidos desde lo individual-colectivo, generándoles por cierto sentido entre sí, pero conflicto para con el otro.

Es entonces que en la asociación, la cohesión y el comunitarismo, por ejemplo, en las diversas maneras de organización, es donde yace el éxito de la supervivencia del ser humano, y por cierto, en este imaginario colectivo de constructores de realidades.

No es entonces en la individualidad del ser, donde reside el acontecer de un imaginario, sino en el individuo social, en ese sujeto y el otro, reunidos ellos, bajo ideas y quehaceres comunes que los van distinguiendo de otros grupos, generando con ello, imaginarios de sí mismos, como de los demás. Es así, que si bien ese hombre social, se constituye a partir del hombre como ente individual, el Self, es innegable la aportación relacional y colectiva del los seres humanos para la constitución de una red social que sustente imaginarios y cosmovisiones respecto de su mundo circundante, como de los demás; de ahí, desde el imaginario social, la cotidianidad del percibir y pensarse como sujeto social en una sociedad dada, se manifestarán como rodamiento central en la configuración y funcionamiento de la sociedad. En ese día a día del existir, en lo ordinario de lo cotidiano, es que el Hombre se muestra como ser individual y social al mismo tiempo, al momento de las edificaciones imaginarias.

Ahora bien, la constitución de imaginarios no involucra por cierto maneras rígidas de estructuración social o de la imposición de un modo determinista y perpetuo de verdades absolutas de un grupo humano. El yo, el sujeto o el actor, en conceptos de la teoría de la agencia, actúa, experimenta e interactúa a través de dinámicas no siempre dadas, sino también, a través de la toma de decisiones. Los fenómenos socioculturales, se desprenden a partir del accionar de los individuos. Así, la relación entre las estructuras, instituciones o sistemas respecto del quehacer individual, podría constituirse como un marco, pero no necesariamente como una determinante: “…, aun las más fuertes determinaciones sociales, antes de poder operar con toda su presunta eficiencia, han de ser procesadas, ‘digeridas’ por subjetividades particulares, pudiendo por ello ser, o bien aceptadas, o relativizadas, o hasta evitadas” (Baeza 2000: 18). Ello, simboliza un poco ese halo de negociación que se puede dar entre un grupo dominador que somete a un sujeto por medio de la reclusión en una institución de tipo total, como también, los mecanismos de “buen encauzamiento” del cual hacía mención Foucault.

El encuentro de un representante de una cultura, “la cultura de la calle”, si bien confronta en los territorios y espacios comunes públicos, con los modos y costumbres particulares de los demás ciudadanos de un lugar determinado, es sometido también a encuentros y reconsideraciones en lugares ya no tan libres, como son las instituciones y centros de control y privación de organismos públicos estatales, donde se impone el imaginario de los ciudadanos no pertenecientes a esta “cultura callejera”.

Será, en estos puntos enclaustrados de encuentro, que corregidos y rectores, unos y otros en su dimensión social, se confrontarán –ya generalmente- en diálogos sordos de autorepresentacion e imaginario de sí y de los demás.

Bibliografía.

Baeza, Manuel Antonio (2000) Los caminos invisibles de la realidad social. Ensayo de sociología profunda sobre los imaginarios sociales, Ediciones Sociedad Hoy, Santiago.

Beck, Ulrich (2002) La sociedad del riesgo global, Siglo Veintiuno de España editores, S.A., Madrid.

Feixa, Carles (1999) De jóvenes, bandas y tribus, Editorial Ariel S.A., Barcelona.

Foucault, Michel (2002) Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión, Siglo Veintiuno editores Argentina, S.A., Buenos Aires.

Goffman, Erving (1961) Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Amorrortu Editores, Buenos Aires.

Moreira, Manuel (2001) Antropología del Control Social, Editorial Antropofagia, Buenos Aires.


** Estudiante de Antropología Social, Bachiller en Antropología, Chileno.

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