jueves, 15 de mayo de 2008

El concepto de Héroe, la noción de rol sociológico, y la noción Bourdeana de Habitus y Posición Social en el CIP de San Joaquín

Catalina Downey

Durante el segundo semestre del 2007, fuimos un grupo de estudiantes de quinto año de antropología a visitar semanalmente un establecimiento CIP de Santiago (Centro de Internación Provisional). A lo largo de este trabajo en terreno, tuvimos ocasión de conversar con muchos de los jóvenes que allí residen esperando una condena por delitos que varían en cuanto a su gravedad jurídica. Al mismo tiempo pudimos conocer las instalaciones y conversar con algunos de los tutores que están a cargo de los menores.
Es a propósito de esta experiencia que surge el argumento del ensayo que a continuación se presenta. La idea general de este texto es complementar la data etnográfica con algunos datos extraídos de la novela del chileno Alfredo Gómez Morel, El Río, encausando la reflexión en función de cuatro ejes temáticos principales: El concepto de Héroe, la noción de rol sociológico, y la noción Bourdeana de Habitus y Posición Social.
A modo introductorio se presentará una pequeña reseña acerca de la temática de la novela con la que se trabajará y luego algunos antecedentes y comentarios sobre la delincuencia juvenil como fenómeno social. A continuación se desarrollarán los tres ejes temáticos a modo de acápites diferenciados a través de los cuales se irá analizando la data etnográfica.

El Río

Esta novela, escrita en la primera mitad del siglo XX es una autobiografía que relata el tránsito de un menor hacia la delincuencia y cómo se va involucrando en el modo de vida de un grupo de jóvenes que vivían a orillas del Mapocho. El relato concluye cuando después de un largo camino recorrido es finalmente aceptado y adquiere un cierto nivel de prestigio al interior de la comunidad delictual nacional. Se ha escogido este relato como documento paralelo a la data etnográfica de terreno porque supone un retrato que si bien es de otra época, es bastante fiel y perfectamente extrapolable. Muestra una gama de códigos, jerarquías, concepciones y dinámicas internas de la comunidad delictual chilena que son fundamentales para comprender la forma en que los menores visitados se relacionan con sus pares dentro del recinto del CIP.

Antecedente sobre la delincuencia Juvenil

Según un estudio realizado en España, el término “delincuencia juvenil” viene recién a acuñarse en Inglaterra en 1815. Si bien constituye un fenómeno muy propio y transversal del mundo occidental, no hay gran consenso legislativo acerca de su definición y alcances en los diferentes países. Lo que si queda bastante claro es que este fenómeno adquiere visibilidad después de la Revolución Industrial y que, según el autor del estudio, entre sus causas se contarían: el desarrollo rápido de las ciudades (espacio), la progresiva desintegración de la familia como célula social (estructura) y el virtual debilitamiento del sistema religioso-moral de la sociedad postindustrial (simbólico).
El mismo estudio presenta una definición básica de delincuencia que servirá como punto de partida para esta reflexión. Se establece que la delincuencia es “el conjunto de infracciones que se cometen en un tiempo y en un lugar dados”
[1] y luego agrega que pueden distinguirse un punto de vista jurídico para el cual un delincuente es quien “comente una acción o una omisión contraria a la ley vigente” y un punto de vista social para el que el delincuente es “quien comete actos dañosos para con uno mismo, para sus semejantes o para los intereses morales y materiales de la sociedad”
De las definiciones anteriores surge la hipótesis de que el calificativo de delincuente que se hace a partir de una acción singular es una extrapolación que está en la base de la concepción materialista de la delincuencia de la cuál se hablará más adelante.
El estudio entrega además algunas características del fenómeno que se prestan para abrir algunos puntos de discusión. En primer lugar se establece que “La delincuencia caracteriza una conducta antisocial que expresa la inadaptación de un individuo a la sociedad”. Pues bien, a modo de cuestionamiento de esta concepción podríamos pensar que los individuos en la práctica no se insertan en la “sociedad” como una entidad monolítica, sino que más bien, transitan entre grupos de pertenencia diferenciados y más pequeños. De esta manera, lo que puede ser una actitud de “inadaptación” a la macro sociedad, puede también figurar como una forma de adaptación a un grupo de pertenencia marginal a los valores sociales o jurídicos de lo formal.
De esta manera cobra sentido la posterior clasificación de delincuencia que hace el mismo estudio donde se establece que existe una definición de delincuencia conocida como delincuencia Neurótica y que supone “la necesidad de ser reconocido y admirado y lograr una posición”.
Esto implica que para un cierto grupo de pertenencia el delinquir supone aprobación y reconocimiento. Tanto en la Novela de Morel como en los comentarios de los chicos esto parece ser de suma importancia. En una de las conversaciones del trabajo de campo un menor expresaba su anhelo de dejar la vida delictual, sin embargo luego agregaba que era algo difícil porque el negarse a robar le significaría perder todas sus amistades en el barrio, es decir, perder una gran cantidad de redes sociales entre las que se movía. Por su parte Morel cuenta cómo repetidas veces quiso dejar de delinquir pero que siempre volvía a hacerlo para impresionar y ser aceptado por el grupo de menores que vivían bajo el río a los que consideraba una familia.
Esta concepción de que existen diferentes grupos de pertenencia y que en algunos de ellos el delinquir puede ser un puente de acceso o una forma de permanencia, aceptación e incluso ascenso, adquiere mayor sustancia si tomamos en cuenta que una de las teorías explicativas del fenómeno es la de la Constetación. Esta teoría que tiene como figura central a Albert Cohen plantea que “La relación reside en que un grupo de jóvenes contestan y se enfrentan a la sociedad en forma de grupos y que se apartan o rechazan positivamente la moralidad de la mayoría. Forman una subcultura para ridiculizar la cultura a la que no pueden incorporarse y la convierten en una antítesis de esta cultura.(…) Esto significa que la conducta delictiva no responde a un afán de lucro, muchos delincuentes corren grandes riesgos por objetos de escaso valor”.
Así, vemos cómo los hechos delictivos muchas veces no mantienen una relación estrecha con lo material, sino que más bien constan de una dimensión simbólica y se relacionan con la construcción de un modo de vida y la aceptación e interacción al interior de un determinado grupo de pertenecía. A modo de ejemplo, el tutor del establecimiento visitado planteaba que muchas veces los menores no robaban por necesidad.
Pues bien, con estos antecedentes podemos decir que la delincuencia juvenil como fenómeno social no puede comprenderse tan solo en su dimensión factual. Existe en el imaginario legislativo una suerte de materialismo tácito que lleva a concebir los delitos en sí mismos como el eje de la acción. Se quiere evitar que los jóvenes delincan y se les castiga en función de lo que han hecho. No existe una mayor reflexividad acerca de cómo abordar y comprender el porqué se delinque de una u otra manera, qué razones existen para que los jóvenes adquieran y mantengan una actitud delictual como forma de vida y cómo funcionan las dinámicas simbólicas al interior de este estilo de vida. En resumen, existe poco interés o capacidad para comprender lo que sucede al interior de la comunidad de los jóvenes delincuentes.
El espectro a comprender es bastante amplio y es claro que no se puede hablar de una sola “comunidad de jóvenes delincuentes” sin embargo, en este comentario se hará el ejercicio de salvar matices y profundizar algunos aspectos de este grupo en un mayor nivel de abstracción, considerando, eso sí, la data recopilada en el trabajo de campo como ilustración del argumento.
Pues bien, lo primero que habría que decir, es que existe una construcción de un determinado rol sociológico al ser un joven delincuente y que tal rol se asienta en todo un entramado de códigos consensuados y reconocidos por el grupo (la familia y la sociedad pueden constituir grupos que no validen o conozcan ese código, sin embargo ese es otro tema y aquí nos estamos refiriendo al grupo de pares en frente a los que el joven actúa y se valida en la actitud delincuencial). Existe también, derivada de este rol una cierta identidad y posición social entre los pares. De esta manera, es ilusorio pretender “reformar” a un joven sin conocer cómo concibe tal rol y posición, cuál es la importancia que le atribuye y de qué manera se le puede acompañar en un tránsito a resignificar su posición social. Pues parece poco riguroso simplemente prohibir las actitudes que dan forma y representación a ese rol y dejarlos a la deriva sin una posición social que reemplace a la anterior.
Esto último guarda relación con lo que se plantea en el artículo “Tribus urbanas: por el devenir cultural de nuevas sociabilidades juveniles”, de Raul Zarzuri, cuando dice que “Frente a este fenómeno (la delincuencia juvenil), la opinión pública ha mostrado un creciente nivel de preocupación, pero no se cuenta -en este momento- con una batería interpretativa de la problemática que contribuya a caracterizar y entender en profundidad el suscrito fenómeno
[2]” y luego agrega que “No obstante, la emergencia y proliferación de las Tribus Urbanas se deja comprender mucho más eficazmente cuando las consideramos como la expresión de prácticas sociales y culturales más soterradas, que de un modo u otro están dando cuenta de una época vertiginosa y en constante proceso de mutación cultural y recambio de sus imaginarios simbólicos. Proceso que incluso comienza a minar las categorías con las cuales cuentan las ciencias sociales para abordar la complejidad social, y que particularmente en el caso de las nociones ligadas a la juventud la realidad parece desbordar más rápidamente los conceptos con los que se trabaja. Por lo cual se hace necesario y urgente generar una aproximación reflexiva encaminada a superar dichos desajustes.”[3]

Rol sociológico

En el artículo “Del rol estático a la posición dinámica en el desarrollo de las prácticas del trabajo social” de Rodolfo Nuñez, se establece que rol es un “concepto sociológico con que se designa el conjunto de expectativas que regula el comportamiento de un individuo en una situación dada. El rol y status son dos aspectos de la posición social: los individuos representan o desempeñan roles y ocupan o llenan un status."
Desde la antropología simbólica se ha planteado que los individuos guían sus acciones en función de una serie de roles y representaciones sociales cuyas formas se han ido dibujando cultural y socialmente. En este sentido, el análisis de los actos o la conducta de un individuo o de un grupo debe considerar a qué rol o posición social está respondiendo. Los actos delictuales en este caso y la actitud de un joven delincuente pueden verse como una representación, en dónde los símbolos y códigos son de suma importancia.
Por ejemplo, durante nuestra visita un tutor nos comentó que había tenido que castigar a los chicos ese día quitándoles a todos las zapatillas y autorizándolos sólo a usar las sandalias que les da el establecimiento. El tutor decía que para ellos eso era terrible, y en cierta manera es comprensible por la jerarquía que el calzado muestra. En un artículo de la tercera se hizo una indagación en varias tiendas de calzado y se llegó a la conclusión (algo apresurada por cierto) de que habían diferentes marcas y modelos para cada tipo de delincuente y que tenían derecho a usarlas en función de la gravedad y violencia de los actos delictuales que habían cometido. Esto, que parece ser un dato menor, nos remite a un tema bastante más profundo, porque tiene que ver con una estructura interna que es jerárquica y que los lleva a tener líderes a quienes admiran y a tener motivaciones de ascenso de status entre sus pares. En el relato de Morel, cuando llega al momento álgido de su biografía, es decir, el momento en que finalmente es aceptado con honores dentro del grupo, se puede observar muy claramente este fenómeno.
“Me intrigó. Decidí esperar. Los chicos me miraban con respeto. Me ofrecieron café. (los líderes) Llegaron a la madrugada. Venían acompañados por varios ladrones de otros barrios. El Gitano y el Zanahoria me tendieron la mano. No sabía bien cuál mano debería estrechar primero y me sentía extrañado por que no es ese el saludo de un hampón: cuando mucho lanza un escupitazo, encoge los hombros y dice: “¿qué tal?” opté por responder primero el saludo del más líder.(…) Se quedó mirándome sin soltarla, paseó los ojos en torno de los otros que parecían soldados romanos tras de su César y con sincera firmeza en el acento dijo: ahora sí Toño. (…). (El segundo líder, Gitano dice) muchachos este es el Toño. Se poltó ayél. La hizo como tóo un hombre (…)Me sentí sumamente halagado, pero ahora, en realidad, veo que no había calculado este resultado cuando organicé la fuga del Reformatorio. A estas alturas de mi vida me doy cuenta que el Ñato Tamayo tenía toda la razón cuando me aconsejó que los importante era lograr autenticidad en los actos. Cuando en verdad actúe a favor del grupo, sin tratar de impresionarlo y cuando mi batalla fue contra la Ciudad, sólo entonces el Grupo me aceptó y me concedió el carácter de líder”. (pág.347)
Según lo expresado por Morel en la comunidad delictual las expectativas de conductas sobre sus miembros es de suma importancia para la sobrevivencia del grupo. Esto, entre otras cosas, por lo delicado que es la posición social que este grupo ocupa y el riesgo permanente al que está expuesto. Así, Morel da a entender que existe un estricto código conductual al que los delincuentes deben atenerse para mantener una posición respetada en el grupo y no ser excluido o dejado de lado.
Siguiendo con la idea de rol, el mismo artículo anteriormente citado expresa que
"En virtualmente todas las transacciones grupales los participantes interactúan simultáneamente en dos funciones: en cuanto miembros que desempeñan roles y en cuanto seres humanos únicos. Cuando desempeñan roles convencionales, los hombres actúan como unidades de una estructura social. Hay consenso sobre las contribuciones que cada actor debe hacer y la conducta de cada participante se halla circunscripta por expectativas que se derivan de normas culturales. Cada persona se categoriza a sí misma y a los demás, recuerda los modelos apropiados de conducta que ha aprendido a través de su participación anterior en circunstancias similares y responde entonces a sus obligaciones. La acción concertada progresa así según una norma preestablecida. Cada persona puede ubicarse en el reparto del drama en el que desempeña un papel y desarrolla así una concepción operativa de lo que debe hacer”
[4]
Es importante recalcar entonces que el grupo al que se quiere comprender en la criminología no es un grupo anormal o una anomalía social como muchas veces se ha dicho. Es un grupo que por el contrario funciona con toda la estructura y complejidad de cualquier otro de la sociedad y es esta complejidad y delicadeza de matices de la que es necesario hacerse cargo a la hora de penalizar ciertas conductas y pretender reducir los índices de menores que lleven este estilo de vida.

Habitus posición

Existe toda una dimensión de la delincuencia como fenómeno simbólico que tiene mucho que ver con la definición de habitus que realiza Bourdieu. Así, existen un entramado simbólico de roles que muchas veces tienen condensaciones heroicas y que en la práctica actúan como un juego de representaciones y conductas que van esbozando una cultura delictual concreta y una determinada visión de prestigios y jerarquías al interior de la misma.
En el mismo artículo citado anteriormente acerca del rol, se plantea siguiendo las ideas de Bourdieu que “El habitus como sentido de juego, es juego social incorporado, vuelto naturaleza. Al hablar de juego, Bourdieu se refiere a una actividad regulada, que obedece a ciertas regularidades sin ser necesariamente el producto de la obediencia a reglas”.
Por otra parte, la noción de estrategia es el “ producto del sentido práctico como sentido del juego, de un juego social particular, históricamente definido (...). El buen jugador, que es en cierto modo el juego hecho hombre, hace en cada instante lo que hay que hacer, lo que demanda y exige el juego. Esto supone una invención permanente, indispensable para adaptarse a situaciones indefinidamente variadas, nunca perfectamente idénticas. Lo que no asegura la obediencia mecánica a la regla explícita, codificada (cuando existe). Describir por ejemplo las estrategias de doble juego consistentes en ponerse en regla, en poner el derecho de su parte, en actuar conforme a intereses mientras se aparenta obedecer a la regla...".
Esto en fundamental para rebatir el argumento de que los “delincuentes juveniles” son “antisociales” puesto que no es que no respondan a ninguna regla o autoridad, sino que por el contrario están permanentemente sometidos a ellas. La diferencia radica en que esas reglas que siguen son propias de un círculo marginal que funciona con una lógica distinta a la formal.
Por lo tanto, y para sintetizar "el habitus es a la vez un sistema de esquemas de producción de prácticas y un sistema de esquemas de percepción y de apreciación de las prácticas".
Así vemos como en la prácticas loe hechos delictuales se mezclan con las percepciones simbólicas y las concepciones que cada joven va forjando de su entorno y cómo moverse en él de manera de responder a las expectativas sociales que se tiene de su conducta. El que elijan cumplir con las expectativas de sus pares a de su grupo de pertenencia de redes y no de las formales cuando son opuestas es materia de otro análisis pero sería un buen punto de partida para lograr una resignificación de su estilo de vida.
Se podría realizar entonces el cruce entre la noción de habitus y la de posición o rol sociológico y como resultado de tal intersección aparece una gama de posibles interpretaciones o prismas. En el mismo estudio desde donde se han extraído algunos de los conceptos precedentes, se establece una clasificación de diferentes posiciones sociales, en este caso es relevante la definición que se hace de “posición lateral” puesto que se relaciona con las conductas delictuales y posibilita desarrollar una comprensión más acabada de las dinámicas simbólicas y relacionales de grupo que actúan como conductores de la hechos delictuales.
“La posición lateral, funciona en los intersticios de las instituciones, corredores, boliches, los efectos colusivos y de complicidades se dan, en estos espacios. Producen mucho poder o fuerza en el sentido de la construcción de un sistema de complicidades múltiples que se agencia en los colectivos. No respeta jerarquías, ni instituidos y fueron descriptos por Foucault como una serie compleja de ilegalismos, normas, hábitos y usos de costumbres fácticas en lo que se ha llamado como cultura organizacional. Lugar de vínculos de cargas y descargas libidinales, su agenciamiento básico es el poder de lo fáctico”.
Podríamos en este sentido hablar de cierto habitus delictual en donde como veíamos anteriormente hay una serie de reglamentos internos complejos y determinantes. Es necesario interiorizarse más en tales mecanismos para conocer qué está en juego en cada acto delictual. Como pudimos observar en los chicos muchos de ellos se veían insertos en situaciones delictuales como resultado de estar “siguiendo” a pares mayores y con más experiencia. Hay una admiración y como dice Morel, los verdaderos patos malos son muy admirados por los menores que está recién cometiendo delitos leves. Es aquí donde también se inserta la figura del héroe.

Héroe

El concepto de héroe ha sido trabajado desde diferentes enfoques tendencias teóricas. En un artículo que contrasta la realidad de los héroes contemporáneos a la de los personajes heroicos míticos, se destaca que lo héroes contemporáneos surgen de la cultura popular y que son “una suerte de traducción simbólica de los valores privilegiados de la sociedad”. De esta manera se podría pensar la noción de héroe en términos simbólicos supone una condensación de valores consensuados de un grupo o comunidad. En este caso podríamos hablar de un anti héroe. Como se estableció anteriormente la sociedad y sus valores no son categorías monolíticas y es importante recalcar que, de forma contraria a lo que puedan expresar algunos medio de comunicación, la comunidad de menores que delinquen no es un grupo amoral o sin valores. Lo que si ocurre es que sus valores y reglas son diferentes a lo formal y es necesario comprenderlas para poder “reformar” o resignificar sus conductas. Los chicos con los se conversó tenían muy claro por ejemplo a quienes robaban y a quienes no. Uno de ellos de tan solo 13 años aseguraba que él nunca robaba a mujeres ni ancianos. Por otra parte Morel hablaba de que los robos tenían un trasfondo de querer vengarse al algún personaje altivo y prepotente que les recordaba la forma en que la sociedad de comportaba con ellos. Incluso, después de haber publicado ya varios libros y de haberse incorporado al mundo “formal” de la vida social, Morel en una carta a la directora de criminología de la Universidad de Chile reconoce que la gente de la Ciudad no era tan repulsiva como él pensaba cuando era más joven y los veía a todos como seres patéticos y cobardes, pero que aún después de su “reformamiento” “de noche salía por los arrabales y alternaba con las gentes de mi mundo. No podía sustraerme del encanto de mi ayer.” (Pág.14)
Así, podemos ver como la serie de valores y representaciones simbólicas que tiene la comunidad delictual son en realidad antitéticas a las de la sociedad, pero no inexistentes y junto con ellas tienes sus líderes y héroes, como aquellos personajes míticos o reales que mejor representan y condensan esa serie de actitudes o principios que son admirados o bien vistos al interior del grupo.
Por otra parte, un estudio sociológico acerca de la noción de héroe, establece que existen una serie de motivaciones y condiciones para las conductas heroicas. El estudio plantea que:
“Las disposiciones son una serie de estructuras simbólicas constitutivas de sentido que el sujeto posee en su sistema de percepción y que fueron construidas durante su historia de vida; son los esquemas interiorizados que permiten la acción y que fueron elaborados durante su proceso de socialización. En un momento dado, bajo una estimulación particular, se "activan" algunos aspectos que desarrollan enormemente la posibilidad de convertirse en héroe”.
Así, el conocer cómo se construyen en el imaginario de los menores estos modelos históricos y qué importancia le atribuyen, es también necesario, puesto que para que dejen de cometer hechos delictuales, en necesario que primero puedan generar un cambio en las concepciones simbólicas dentro de las cuales esos hechos tienen sentido e importancia.

A modo de cierre

A pesar de que legislativamente no se observa un reconocimiento más acabado del proceso de cambio que supone el dejar de delinquir, sí existen otras iniciativas sociales periféricas que parecen haber resuelto de mejor manera esta temática. Un ejemplo de esto es el video Equm, donde se muestra la intervención social que realiza la organización chilena del Circo del Mundo, cuya principal función es trabajar con jóvenes en riesgo social entregándoles herramientas y la posibilidad de construir un nuevo código conductual y pertenecer a un grupo con una validación y posición diferentes. Ligado al arte y al quehacer circense, los jóvenes encuentran una nueva confirmación de identidad que les permite adquirir posición y reconocimiento entre pares en otra esfera de la acción.

Bibliografía
· Gómez Morel, Alfredo. El Río. Ed. Talleres de Arancibia Hnos. 1963. Santiago de Chile.
Webgrafía
·
http://www.naya.org.ar/congreso2000/ponencias/Raul_Zarzuri.htm
· http://www.cybertesis.cl/tesis/uchile/2004/alvarez_c/sources/alvarez_c.pdf
· http://www.myriades1.com/vernotas.php?id=157&lang=es
·
http://www.ugr.es/~pwlac/G19_12Hugo_Jose_Suarez.html
· http://www.campogrupal.com/rol.html
·
http://pdf.rincondelvago.com/investigacion-cientifica-sobre-la-delincuencia-juvenil-en-santiago-de-chile.html


[1] http://pdf.rincondelvago.com/investigacion-cientifica-sobre-la-delincuencia-juvenil-en-santiago-de-chile.html

[2] http://www.naya.org.ar/congreso2000/ponencias/Raul_Zarzuri.htm

[3] http://www.naya.org.ar/congreso2000/ponencias/Raul_Zarzuri.htm

[4] http://www.campogrupal.com/rol.html

La dimensión sociocultural del delito: Entrevistas a adolescentes del Centro de Internación Provisoria de San Joaquín

Mauricio Cortez
Presentación.

En el Chile actual se encuentran dos gravitantes tendencias cuyo eje es ser aspectos mediáticos, una es el crecimiento sostenido en las tasas de delito, a un 12% anual aproximadamente
[1]; y la otra son las reformas modernizadoras del Estado, tales como las que competen al ámbito de la educación, transporte y justicia. Ambas aristas son expresión de los procesos de continuidad y cambio que atraviesa el país en los últimos años, y que permiten refrescar los contenidos del pacto social, principalmente de las problemáticas y adecuaciones entre modernización y cultura local (regional, nacional, sectorial, barrial, entre otras).

El presente proyecto de investigación antropológica, realizado en el Centro de Internación Provisoria (CIP), ubicado en la comuna de San Joaquín, correspondiente a la Región Metropolitana, pretende conocer algunos aspectos socioculturales de los imputados en el marco de la reciente implementación de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente (Nº 20.084), la cual, entre sus elementos distintivos, suprime el concepto de discernimiento e introduce el de responsabilidad (fijada a los 14 años), separa a los adolescentes de los adultos, y tiene como finalidad la protección integral de los niños en virtud de la Convención Internacional Sobre los Derechos del Niño, así como, fundamentalmente, la “integración social.”
[2]

El Centro cuenta con una población penal de 153 niños y adolescentes –solo hombres- de entre 14 y 18 años repartidos en 8 “casas” separadas por rejas y rodeadas por una línea perimetral protegida por gendarmería. Al interior se ubica un espacio distinto a las casas destinado a cumplir con la escolaridad pertinente y otro para el trabajo manual en carpintería.

Esta investigación busca conocer, a través de entrevistas realizada a los menores imputados, sobre diversos aspectos socioculturales relativos a sus modos de vida previos a su sanción privativa de libertad en el CIP, tales como los tipos de vínculos y redes sociales a las que pertenecían, es decir, su composición familiar y de pares, así como su relación con el resto de las organizaciones sociales; su posición dentro de esos esquemas; su territorio, entendido como la construcción cultural de significados espaciales y su relación georreferencial con el delito.

Sin lugar a dudas, el abanico es enorme e imposible de abordar en profundidad en una investigación como ésta, no obstante, puede ser preferible en un estudio exploratorio-descriptivo expandir la mirada antes que pretender explicar un fenómeno específico sobre el cual no se conocen a cabalidad las eventuales relaciones internas, ni desde una perspectiva estructural ni fenomenológica. Así entonces, se busca aquí trazar un esbozo que destaque lineamientos socioculturales que permitan, luego, formular las preguntas e inquietudes adecuadas para la explicación del comportamiento social.
Introducción.

Problema y Justificación de la Investigación.

Los CIP, derivados de SENAME (Servicio Nacional de Menores), y finalmente del Estado, operan como intervenciones sociales en el sentido de su pretendida intención dirigida a modificar sistemáticamente una situación dada, considerada como disfuncional, deficitaria o cualquier otro término semejante, hacia una mejora paulatina de dicha situación en el tiempo. Para ello, cuenta con paradigmas de intervención, conceptos asociados y pertinentes a dicho paradigma - que definen cada ámbito de la realidad intervenida-, metodologías y recursos
[3].

Este amplio contenido cuenta con un modelo constituido por definiciones normativas, elaboradas por un diverso espectro de actores sociales, según el cual se califica la situación a intervenir como de mayor o menor anormalidad, complejidad y/o peligrosidad. Además del contenido etnográfico, trabajado con profundidad en el artículo de Claudio Contreras, ocurre en este tipo específico de intervenciones el ejercicio legítimo de la violencia simbólica y física como mecanismo de control social por parte del Estado. Violencia por los conceptos que definen el campo del comportamiento social adecuado, con la consiguiente estereotipación y/o invisibilización de sectores, costumbres, creencias, etc., así como del evidente control armado de los centros de reclusión por parte de gendarmería. La violencia ilegítima del menor detenido es contenida por una legítima fruto del contrato social en virtud del cual consideramos lo apropiado y lo inapropiado.

La intervención
[4], en este caso particular, apunta y se caracteriza por “la protección integral [de la infancia y adolescencia] fundada en la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño [así como, más específicamente, centrada en] Liderar, promover y fortalecer un Sistema Nacional de Protección de los Derechos de los niños, niñas y adolescentes vulnerados y de responsabilización de los infractores de ley, a través de programas integrales de atención que permitan una oportuna restitución y reinserción social, con un enfoque intersectorial, territorial y de calidad”. Asimismo, tratándose o no de infractores de ley, los principios rectores del accionar de SENAME, consideran al niño/a o adolescente como el “centro de la intervención (…) reconociéndoles la misma voluntad de constituir su propio ser y la necesidad de ser reconocido en la relación con otros, como acontece con todo ser humano. Considerar [desde la integralidad] las diversas áreas de desarrollo, la relevancia del contexto familiar y comunitario y el bienestar de –sus- distintas dimensiones”[5].

Desde el punto de vista de la territorialidad, se pretende “un espacio relevante para construir cultura, identidad, pertenencia. [El] empoderamiento de comunidades es garantía en el largo plazo de logros sustentables en protección de la infancia. Conocer a fondo la realidad de la infancia en los territorios. Articulación efectiva de los servicios hacia la infancia y adolescencia”
[6].

Las intervenciones, siguiendo los planteamientos de Tedesco
[7] en el ámbito de la educación, tensionan la realidad sociocultural en virtud de su modelo normativo de transformación y desarrollo, invisibilizando lo distinto desde su potencial efecto disruptor[8].

Este proceso de negación de lo Otro (entiéndase por lo socioculturalmente local) por lo tanto, perjudica la comprensión del fenómeno al ocultar las características propias de aquellos aspectos culturales no considerados por el estrecho orden –como paradigma- de la norma socialmente aceptada –todo esto en referencia a aquello a lo que SENAME se refiere por “territorio”-, por lo tanto des-integrando a los actores sociales involucrados en el proceso general de convivencia colectiva, dificultando o entorpeciendo el conocimiento de los aspectos a intervenir.

¿Hasta qué punto es posible tensionar la cultura para que encaje dentro de los marcos de la norma, de la reinserción?, es decir, modificar hábitos, vínculos, ideales, valores, identidades, visiones de mundo. ¿Qué tanto conocemos de estos niños y adolescentes –de su cultura-, como para creer que dicha tensión/intervención está usando los conceptos y métodos apropiados? ¿Qué impedirá, en consecuencia, que se escapen de los centros de reinserción, capacitación y vuelvan a delinquir? O, más profundamente ¿Bajo qué condiciones creemos que es posible la reinserción si desconocemos, precisamente, las condiciones socioculturales y locales de donde emergen?

Para intentar resolver estas preguntas, la presente investigación tratará de reconocer una serie de aspectos socioculturales (tipos de vínculos, territorio, status, saberes) de algunos adolescentes del CIP, con el fin de problematizar la pertinencia de las intervenciones (paradigmas) basadas en la creencia de que los procesos de perfectibilidad del orden social esperado son efectivos antes de considerar la cultura o subcultura que pretenden tensionar.

Antecedentes teóricos.

Los vínculos entres los seres humanos se han caracterizado por estar normados de maneras particulares en cada cultura, ya sea porque la tradición de dichos sitios así lo indica o bien debido a que está expresamente estipulado por la ley.
En los albores de la antropología, Main, señalaba que no existía algo así como el derecho en las sociedades más tempranas o primitivas, sino que la norma se expresaba a través de la costumbre, es decir, mediante el status. Los derechos y deberes estaba prescritos por el lugar que ocupara dentro de su comunidad o dentro de su grupo parental. Las sociedades más avanzadas, o civilizadas, por su parte, sí contarían con derecho propiamente tal, es decir, con normas definidas racionalmente redactadas en códigos.
Para Durkheim, ahora bien, en las comunidades primitivas operaba la solidaridad mecánica, vale decir, en donde los sujetos mantienen sus reglas de comportamiento que son aceptadas en torno a creencias compartidas por todos. Se caracteriza este modelo por mantener a las personas altamente cohesionada.
Malinowski postulaba luego de su trabajo de campo en las islas Trobriand que los sujetos sí percibían deberes y compromisos que definían su comportamiento, y que eran respetados, sobre todo se basaban en la reciprocidad. En este mismo sentido posteriormente Mauss escribiría su ensayo sobre el don. En este sentido, Malinowski consideraba que esta serie de obligaciones y derechos se podían separar del resto de las costumbres.
Radcliffe-Brown, profundizaría esta noción argumentando que existe además de los vínculos basados en la obligación y el derecho, cierto control social en las sociedades organizadas políticamente, considerado este control como cualquier acción que reestablezca el orden social, es decir, que contribuya a mantener la estructura social.
Como orden, o como interacción social, en antropología se ha situado al derecho en el plano de la estructura social (al menos en la escuela británica), entendida ésta como la relación de status y contratos más o menos estables en el tiempo.
Este sentido permite suponer que las representaciones y conductas habituales por parte de los individuos tienden a mantenerse de manera estable, es más, la serie de interacciones sociales mayores contribuye a mantener el status quo de las situaciones en tanto le sea funcional a la conservación del todo.

Marco Conceptual.

Desde una perspectiva general, en ciencias sociales se encuentran tres visiones acerca de los fenómenos de la conducta: la estructural, la de redes y la de significados. Cada una contiene y en cierto modo permite explicar a la otra, no obstante, cada cual permanece en lugares separados al momento del análisis. La estructura ha sido tratada fundamentalmente por Marx para explicar, entre otras cosas, a la historia y en ella a las relaciones de producción con su consiguiente y célebre frase de la “explotación del hombre por el hombre” derivada de su elemento estructural fundamental: la propiedad privada. Antropólogos, a su vez, como Radcliffe-Brown y los asociados a la escuela británica de comienzos del pasado siglo, hablaron de la estructura social como la finalidad que persigue el estudio en –como le llamaban- “sociología comparada”. En un sentido distinto, Levi-Strauss, ubicó la estructura en la mente de los sujetos, en una analogía al estructuralismo lingüístico de Saussure.

El estudio sobre redes es mucho más reciente y se traduce en la recurrencia de relaciones sociales, lo cual, en términos de Porras (2005) quiere decir que: “El dato relacional surge de la comunicación, colaboración, transacción, valoración, etc., existente entre un número determinado de “nodos”, sean éstos organizaciones o personas, colectivos o individuales, humanos o artificiales. A partir de estos datos y de su procesamiento es posible reconstruir la existencia de las redes sociales que vinculan directa e indirectamente a todos los nodos.”
[9] Asimismo, Lomnitz (1975), lo ha utilizado para explicar las relaciones de poder que se dan al interior de las estructuras sociales.

El estudio del significado es mucho más amplio e incluye a otras disciplinas del campo de la estética y la filosofía, y se relaciona con la tradición fenomenológica heredera de Husserl (1962), derivada luego en sociólogos tales como Berger y Luckman (2003) o Schutz (1998), asimismo en antropología de la mano de Geertz (1997), entre otros. El mencionado Schutz, por ejemplo, lo traduce del siguiente modo: “Todo nuestro conocimiento del mundo, tanto en el sentido común como en el pensamiento científico, supone construcciones, es decir, conjuntos de abstracciones, generalizaciones, formulaciones e idealizaciones propias del nivel respectivo de organización del pensamiento. En términos estrictos, los hechos puros y simples no existen […] por consiguiente, se trata siempre de hechos interpretados”
[10]

Los fenómenos socioculturales, para el presente caso, estarán situados en dos de estos aspectos: las redes y el significado. Con lo primero se busca conocer las distintas relaciones entre las cuales los niños y adolescentes realizan su vida cotidiana, distinguiendo que cada vínculo es específico, es decir, que se dan intercambios que no se dan en otros vínculos de los mismos sujetos y que, además, adquieren significados particulares para los participantes contribuyendo a generar un “universo de sentido” al interior de la red social que se escapa a la visión externa. La recurrencia de vínculos será la que permita reconocerla como perteneciente al campo de lo social, en tanto que su sentido, al cultural.

Las redes, ahora bien, se pueden localizar en lo que se ha denominado como territorio, el cual puede ser definido como “un espacio construido por los grupos sociales a través del tiempo, a la medida y a la manera de sus tradiciones, pensamientos, sueños y necesidades”
[11], es decir, la espacialidad que el grupo dote de significado y en el cual se den relaciones sociales frecuentes que establezcan distinciones al interior de este espacio y que lo diferencien del resto de los espacios.

En este sentido, durante los años cuarenta en Estados Unidos, Shaw y McKay (1942) descubrieron que los delitos no se distribuyen al azar en el espacio urbano, sino que siguen patrones, a estos espacios les denominaron “áreas desviadas”, las que permiten georreferenciar el territorio
[12]. Estas áreas se caracterizaban por presentar uno o dos de los siguientes factores:

a) Factores situacionales: zonas atractivas tales como centros comerciales o bien lugares poco iluminados.
b) Factores sociales: zonas que concentran problemas sociales, tales como altos índices de desempleo, bajos niveles de participación, entre otros
[13].

En las redes, tanto parentales como de pares y con otras formas de agrupaciones humanas, tanto como en el territorio, se expresan conocimientos, sentimientos, símbolos, conductas, jerarquías, rituales, códigos, que interactúan cotidianamente conformando en el tiempo culturas particulares, unidades inseparables enraizadas en las personas que la conforman y que le dan existencia. Estas culturas tienen, en este caso de estudio, la particularidad del ejercicio delictivo, por lo cual es posible situarlo territorialmente.

Metodología.

De tipo cualitativo, la metodología empleada en esta investigación consistió en visitar una vez a la semana, los días viernes, durante el período de una a tres horas, el Centro de Internación Provisoria, en donde se desarrollaron entrevistas semi-estructuradas a distintos jóvenes imputados. Estas entrevistas fueron realizadas a veces en compañía, y otras sin nadie más, todas ellas, en oficinas ubicadas al interior del mismo Centro.

Las entrevistas no fueron grabadas y tuvieron un grado de dificultad medio, debido a la circunstancia en la cual se realizaba: entrevistador-imputado, en donde este último se encuentra en una situación legal en suspenso, lo que eventualmente podría generar desconfianza mutua.

No obstante lo anterior, muchas de las conversaciones se realizaron de manera amena y sin mucha resistencia por parte de ambos agentes comunicativos, aún cuando es necesario reconocer que la profanidad alcanzada durante cada entrevista fue muy baja.

Se realizaron 9 entrevistas, de las cuales, podría decirse, en solo dos o tres se tuvo un grado de éxito relativamente bueno. A cada joven se le realizo una sola entrevista, esto debido a que de acuerdo a sus procesos se encontraban allí solo de manera transitoria.

De este modo, la técnica de registro fue la libreta de campo.

Objetivo General:

Conocer, desde una perspectiva sociocultural, algunos elementos de la vida cotidiana -previos a la privación de libertad- de adolescentes infractores de ley detenidos en el Centro de Internación Provisoria de la comuna de San Joaquín, en el marco de la implementación de la Reforma de Responsabilidad Penal Adolescente

Objetivos Específicos:

- Construir un patrón general –modelo- de redes sociales, reconociendo las posiciones (status, roles) que cumplen al interior de ellos.

- Conocer la relación entre territorios socioculturalmente construidos y delito (georreferenciación).

Resultados.

Los jóvenes que cruzan sus vidas con el Centro de Internación Provisoria visitado, u otros detenidos en Centros similares, tienen distintos vínculos o, como sostiene Analia Latorre
[14], configuraciones vinculares, que existen no solo como manifestación concreta de relaciones de status al interior al interior de la estructura social o de sus redes, sino también en torno a representaciones que desde otros sitios de tienen de ellas y que ellos mismos tienen de sí.

En ambos casos estamos frente a sujetos estigmatizados, del modo en que lo entiende Goffman
[15], como una “situación del individuo inhabilitado para una plena aceptación social”, la cual se fundamenta en ideologías que explican o justifican su determinación social. Los normales, o “Todos aquellos que no se apartan negativamente de las expectativas particulares…”, prosigue el mismo autor, se relacionan continuamente con estos jóvenes de distintos modos: son algunos amigos, algunos familiares, los tíos del Centro, y en general la gente “trabajadora” (Danilo) que, no obstante, perciben mensualmente mucho menos dinero que ellos –al menos de los que aceptaron delinquir como modo habitual de vida-.

Dentro de las personas cercanas a estos jóvenes, pero que son parte de los normales, generalmente se relaciona con ellos de manera sancionadora, pero de forma amable, desde su posición “especial” con respecto a ellos. De cierta forma los conocen sin pertenecer a su grupo directo: los amigos.

Se juntan en la calle la mayor parte del tiempo, en grupos de amigos que van desde los 5 hasta las 30 personas, se conocen desde la infancia y muchos de ellos han pasado al menos una vez por Centros como el mencionado aquí.

Como se ha visto, el primer modelo de configuración vincular puede ser planteado como círculos concéntricos, en donde lo más lejano está compuesto por las personas asaltadas, generalmente hombres de mediana edad, a quienes les roban billeteras y objetos tecnológicos como celulares. No tiene mayor relevancia en la elección del sitio la cantidad de gente que por ahí transite o se encuentre, puede ser un paradero de micro o una calle, algún borracho o parques.

Esta escala del círculo constituye la primera relación directa (persona a persona) en donde los sujetos definen sus roles y su posición en la estructura social. Hay otra, indirecta, en donde se relacionan solo en cuanto a su status – y su representación simbólica- en cuanto a la trasgresión de la norma que su existencia supone, y son las políticas de Estado y los medios de comunicación de masas, quienes debido a su naturaleza homogeneizadora, tienen una relación de comunicación social de definición y objetivación de estos jóvenes.

Un segundo círculo está compuesto por familiares y funcionarios del Centro, quienes –estos últimos- a pesar de ser ajenos a sus redes directas, tienen cierta complicidad con ellos puesto que los conocen más, como dicen Ángel: “Me conocen desde chiquitito”.

Algunos tíos reconocen no tener expectativas en el proceso de reinserción, puesto que, desde su lugar privilegiado de contacto directo con los muchachos, conocen que los factores que motivan el delito son profundos: son apoyados por su familiares pues muchas veces son el sostén de sus hogares, ganan mucho dinero, les permite mantener una relación de status en su grupo de pares.

En general los familiares no dejaban de faltar en los días de visita, les llevaban comida y les proporcionaban distracción. La mayoría de los entrevistados reconocían una deuda afectiva con su familia por el mal rato pasado, pero también algunos parecían no mostrar mayor aprehensión ni culpa, como Franco, quien era parte de una familia casi completa de infractores de ley. Su hermano, en silla de ruedas luego de un altercado, era un símbolo para él de su destino si seguía manteniendo su comportamiento.

La relación con la “polola” puede considerarse dentro de este círculo, pues a pesar de permanecer generalmente cerca de los jóvenes, no participaban o no sabían de las conductas delictivas, sin embargo muchos de los frutos de esa práctica las tenía a ellas como principales beneficiadas, puesto que recibían muchos y caros regalos.

El círculo más íntimo está compuesto por los amigos, con quienes se roba, juega a la pelota, defienden de otros grupos, consumen drogas, regalan dinero. En este círculo es en donde los jóvenes demostraban mayor compromiso, afectividad, emoción en el relato, alegría, todos estos, asuntos que para los “normales” son propios de las relaciones familiares propiamente tal.

Analia Latorre sostiene al respecto que: “en condiciones de pobreza extrema en que viven amplios sectores de población encuadrados en un mismo territorio, se produce espontáneamente una reorganización de la composición familiar, modificándose los roles, tamaño y cantidad de generaciones en convivencia, el tipo de autoridad, el lugar de residencia y el tipo de miembros en convivencia (consanguíneo directos, indirectos, políticos, o la introducción de personas sin parentesco). Muchas veces es la prole la proveedora de los elementos para la subsistencia, en una inversión de roles que se jugará en una trama vincular profundamente alterada por el fenómeno”.
La mayor parte del tiempo estos jóvenes lo pasan en la calle son su grupo de amigos, ocasiones en las cuales hay peleas tanto internas como con gente del exterior, otros grupos, narcotraficantes, policías.
“La adolescencia involucra una serie infinita de cambios a todos los niveles que hacen crisis en el desarrollo y conducta del ser humano. El hecho de buscar una ubicación en un mundo que les es ajeno porque parece ser del dominio absoluto de los viejos, provoca una inestabilidad emocional y psíquica que los aísla y sumerge en un universo personal, que les hace cuestionar y rechazar los valores de la sociedad de la que forman parte. Constituyéndose en estas masas, tienen la sensación de que no son ajenos, pertenecen a la banda, en sustitución de la familia. De esta manera, la soledad les obliga a identificarse con otras personas que comparten las mismas sensaciones, se agrupan, llevados por una necesidad de protección, con otros adolescentes que participan de la misma automarginación. Este fenómeno infunde un sentimiento de pertenencia al grupo y un sentimiento de rechazo a la sociedad” (Domínguez Lostaló 2001)
[16].
“Contribuye a la constitución de este mundo la radicalización de hábitos que estaban presentes en ese ámbito cultural (consumo de alcohol, violencia), creando las rutinas necesarias para la seguridad del yo” (Rossini 2003: 101)
[17].
El proceso de socialización, en este sentido, está determinado tanto por la posición que se ocupa en la estructura social general, en donde ocupan un lugar inferior asociado a barrios, ingresos monetarios, costumbres, vestimenta, entre otros, como por las relaciones vinculares inmediatas, la cual entreteje a la familia y el grupo de pares, en donde en este último se adquiere parte importante de la identidad.

Llama la atención en este incipiente modelo de círculos concéntricos el alto contenido emocional del proceso general, demostrado por la elevada ansiedad que demuestran los jóvenes en cada situación de sus vidas, desde la cotidianeidad, en donde peligran por las continuas peleas (que incluyen armas) que se dan en la calle, hasta su momento de privación de libertad, en donde temen ser atacados por sujetos de bandas rivales o enviados por ellas. Podría agregarse a esta lista los momentos en que son golpeados por personas asaltadas o por carabineros.

El momento mismo de los asaltos son para muchos de ellos instancias emocionalmente liberadoras, así como cuando se drogan. Varios mencionaron que se drogaban para relajarse.
La tesis de Latorre no parece extraña luego de estos antecedentes, ella sostiene que: “La calle (o la vida que transcurre tempranamente fuera del núcleo familiar) es un espacio de socialización, un organizador y una matriz de vínculos y relaciones de solidaridad, evasión y defensa. Las relaciones "verticales" que suponen un principio de autoridad y encuentran su matriz en la dimensión de la filiación se evidencian o bien, dentro del afrontamiento imaginario, "primario", como dominación y fuerza (quién es más fuerte) o bien como subordinación a ciertos códigos del grupo de "la calle" (protección recíproca, de asociación, incluso de interdicciones sexuales dentro del grupo). Pero aún esa asociación de ayuda y protección mutua es inestable y no resiste bien las condiciones de precariedad y vulnerabilidad propias de la "desafiliación" social y familiar”.
Ciertamente no están en una situación de seguridad, pero sí al menos una mayor a la que comparten dentro de la estructura social general, de cierta forma su lugar está claro, las lealtades también, los enemigos, la rutina, los modos de escape, de descanso. Hay cierto control sobre sus propias vidas que tal vez no tendrían al estar sujetos a la realidad social impuesta desde la normalidad.

Comentarios Finales.

Quisiera concluir de manera lo más específica posible, añadiendo a los resultados finales solo unas cuantas consideraciones de índole personal.

Realizar esta investigación es un ejercicio de “suspensión del juicio” bastante difícil de hacer, puesto que los sujetos con los cuales se realizó esta investigación me generan rechazo en mi diario vivir, ya sea porque han asaltado a personas queridas para mí o bien porque yo mismo me he visto en situaciones molestas. Ciertamente que no los mismos entrevistados, pero sí otros del mismo status social. Lo cual me sitúa en una relación de complicidad con las políticas públicas y las ideologías que justifican el castigo y el encierro y tantas otras prácticas desacreditadoras de la dignidad humana como la estigmatización.

Siendo cómplice tanto del Estado como de la antropología, mi alternancia de estados anímicos o reflexivos en torno a ellos fluctuó entre la sincera comprensión en el diálogo cara a cara, hasta la alegría por verlos encerrados. La neutralidad y tranquilidad la ofreció el intento de comprenderlos en tanto fenómenos sociales, que es al fin y al cabo el objeto de esta investigación.

En este sentido, creo que centrarse una óptima familia nuclear o en la voluntad personal de capacitarse y trabajar por parte de las políticas públicas va muy en contra de la realidad sociocultural que alcancé a conocer a través de unas breves horas de conversación, en donde tales familias no siempre existen y no influyen decisivamente en los caminos elegidos por los jóvenes. En donde, asimismo, el dinero ganado y por tanto las oportunidades y opciones de vida son mucho mayores robando que trabajando como cualquiera.

No parece claro que las opiniones de los trabajadores de Sename y los familiares directos contribuyan a mejorar la situación a partir de su más cercano conocimiento de los casos.

El modelo parece ser estático: familia nuclear, trabajo remunerado en condiciones de desigualdad, educación homogeneizadora, fuerte vigilancia, castigo y encierro, distanciamiento entre la política pública y la realidad sociocultural, sólida -rígida- estructura legal y moral de la sociedad.

En esta situación en donde parece no haber estímulos para intentar comprender la vida de lo “anormal”, pues parece innecesario para la institucionalidad, la antropología puede contribuir a visualizar otros modos de conocimiento enfocándose en la descripción de lo existente y no en los modelos abstractos fundados desde la especulación funcional.

Sinceramente espero nadie más tenga que estar encerrado viendo deprimido cómo pasan las horas. También quisiera que nadie tuviese que andar con miedo por las calles. Sin embargo, nuestra forma de vida no parece indicar que esto vaya a ocurrir. El panorama es desolador.

Concluyo nombrado a los jóvenes con quienes pude conversar. A pesar de su posición social, son la única puerta abierta para conocer aspectos que nos puedan eventualmente ayudar como sociedad. Ellos son: Jacob Bustos, Ángel Durán, Luis Inostroza, Franco, Matías Ibarra, Sandro Orellana y Miguel.

Bibliografía.

- Schutz, Alfred (1998 [s/f]): El problema de la realidad social. Buenos Aires. Amorrortu editores.

- Goffman, Erving (2005): Estigma, La identidad deteriorada. Buenos Aires. Ed. Amorrortu.

- Sename (2005): Efecto de los Programas del Sename en la Integración social de los niños y niñas. Documentos.

- Vargas, O. Gonzalo (s/f): Delincuencia en Chile: Tendencias y Desafíos y Hein, Andreas (s/f): La Georreferenciación como herramienta para el diagnóstico de seguridad ciudadana en el ámbito local, en: Revista Paz Ciudadana, números 1 y 2.

- Tedesco, Juan Carlos (s/f): Escuela y Cultura, una relación conflictiva. Apuntes de clases Antropología de la Educación, 2007.

Webgrafía.

-
www.sename.cl. Revisado el 07/10/2007

-
www.pazciudana.cl. Revisado el 07/10/2007.

- Latrorre, Analia (2006): Configuración vincular en adolescentes en riesgo social. Universidad Nacional de la Plata. Revista Gazeta de Antropología. En: http://www.ugr.es/%7Epwlac/
[1] Gonzalo Vargas Otte, Gerente General Fundación Paz Ciudadana, presenta estas y otras considerables cifras en un artículo titulado: “Delincuencia en Chile: Tendencias y Desafíos”, en el primer número de la Revista de dicha Fundación.
[2] Artículo 20 de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente. Además de la integración, la ley busca la Responsabilización, la reparación del adolescente, la habilitación y la inclusión social (Sename).
[3] Desde 1979, Sename ha intervenido en el marco de la Ley de Menores, basada fundamentalmente en la Doctrina de Irregularidad Social, lo que implica un enfoque asistencialista y que apela que las instituciones se hicieran cargo de los menores sustituyendo el rol de las familias, consideradas disfuncionales para su crecimiento y desarrollo. En: “Efecto de los Programas del Sename en la Integración social de los niños y niñas”, 2005, en www.sename.cl.
[4] Ver Anexo : Metodología de Intervención (SENAME)
[5] www.sename.cl
[6] Ibíd.
[7] Tedesco, Juan Carlos, Escuela y Cultura, una relación conflictiva. Apuntes de clases.
[8] Pese al proceso exitoso de modernización del país, los elevados índices de escolaridad y expectativas de vida, así como la progresiva terciarización de la economía, entre otros aspectos, el desarrollo ha aumentado, asimismo, la desigualdad, la pobreza y la delincuencia.
[9] Pag. 5-6.
[10] Schutz, Alfred (1998 [s/f]): El problema de la realidad social. Buenos Aires. Amorrortu editores. pp.36-37.
[11] Rastrepo, s/r.
[12] Hein, Andreas, “La Georreferenciación como herramienta para el diagnóstico de seguridad ciudadana en el ámbito local”, en el segundo número de la Revista Fundación Paz Ciudadana.
[13] Ibíd.
[14] Latrorre, Analia (2006): Configuración vincular en adolescentes en riesgo social. Universidad Nacional de la Plata. Gazeta de Antropología

[15] Goffman, Erving (2005): Estigma, La identidad deteriorada. Buenos Aires. Ed. Amorrortu. Pág. 7 y 15.

[16] Latorre, A. Op.cit.
[17] Ibidem.