viernes, 27 de junio de 2008

Explorando el mundo familiar de los jóvenes recluidos en el Centro de Internación Preventiva de la comuna de San Joaquin

Romina Venegas y Sofia Hernandez
RESUMEN

La aprobación de la nueva ley de responsabilidad penal juvenil, tenía dentro de sus bases el debate existente en distintos sectores de la sociedad respecto del discernimiento a la hora de cometer un delito. El alarmante incremento - 398% en menos de 10 años- de la participación de jóvenes menores de 18 años en delitos de carácter grave, a lo menos genera cuestionamientos acerca del sistema social, judicial y familiar del que somos parte como sociedad. En virtud de lo antes expuesto, esta investigación se concentró en uno de los temas considerados como centrales en esta problemática, referido a la constitución familiar de los jóvenes involucrados en acciones delictivas, destacando el tipo de vínculo y las figuras significativas existentes en el mundo adolescente, en el sentido de que la familia sigue considerándose como una institución primaria, de trascendental importancia en la formación identitaria de sus integrantes. Por lo tanto, el objetivo general de este estudio se basó en describir las dinámicas de interacción entre los jóvenes y sus familias, mientras que los objetivos específicos intentaron identificar la constitución familiar de los jóvenes entrevistados para así finalmente explorar el tipo de relación que poseen los jóvenes recluidos en el CIP con su grupo familiar.

I

Las dinámicas de interacción establecidas entre el grupo investigado son poco visibles y con límites difusos, dada la alta permanencia de los jóvenes fuera del hogar con su grupo de pares, este hecho determinará el que las significaciones que le dan sentido a su mundo estarán marcadas por la influencia que ejerza el grupo adolescente, ya que serán éstos y no la familia en cuestión, quienes responderán de forma satisfactoria e inmediata a las necesidades de estos jóvenes. A través de esta perspectiva, su biografía es construida en la calle, desde una posición marginal a la sociedad, ya que, en su mayoría, abandonan la educación formal a muy temprana edad, dejándoles mucho tiempo libre, expuestos a las libres influencias que el medio social más inmediato les brinda, dejando fuera a los adultos, quienes muchas veces se encuentran ausentes por motivos de trabajo, de problemáticas familiares que resultan dolorosas para los jóvenes, tales como violencia intrafamiliar, uso de drogas y alcohol, separación de los padres, entre otros. Al transformarse la calle en su hogar, el proceso de socialización es traspasado desde la familia hacia los pares, quienes asumen la labor de lograr el desenvolvimiento de los aspectos sociales, asumir pautas de conducta y conservar los valores compartidos con los miembros del grupo en cuestión. Así entonces, las actividades desarrolladas comienzan a establecerse desde una perspectiva grupal, en donde, muchas veces, los jóvenes de mayor edad y experiencia, se dedican a incluir en el mundo de la delincuencia a los más pequeños. En muchos casos, según algunas de las experiencias que pudimos conocer, son los mismos hermanos mayores quienes se encargan, directa o indirectamente, de instruir a sus hermanos menores en este tipo de prácticas, como es el caso de L.E de 16 años, proveniente de la población Parinacota de la comuna de Quilicura, quien nos narró la historia de su hermano mayor, quien hace un par de años atrás murió de un balazo en una pelea llevada a cabo con un grupo de narcotraficantes de su población, teniendo 20 años de edad. Para L.E, esta situación ha sido muy dolorosa, notando que sus ojos se llenaban de lágrimas al momento de hablarnos de este tema, destacando que mediante la observación que él hacía de las acciones que su hermano realizaba, fue conociendo el mundo del robo, de los asaltos y del uso de armas. Cuando su madre, quien trabajaba como manipuladora de alimentos hasta que enfermó gravemente, notó que su hijo menor (L.E) estaba dedicándose a este tipo de prácticas lo increpó, diciéndole: “seguiste los mismo pasos de tu hermano”, según nos contara L.E, en la actualidad ella se encuentra hospitalizada por una enfermedad renal, por lo que al momento de caer detenido en el centro, solo se encontraba viviendo con su abuela materna y su polola, quien está embarazada. Del mismo modo, nos señala que: “me llevaba mejor con mi hermano, le contaba mis cosas, ahora soy yo el de la casa” (Com. Pers, octubre de 2007), refiriéndose a que es el único hombre. Sin embargo, avanzada la entrevista, después de que le preguntáramos por quienes componían su grupo familiar, nombró a su padrastro, ubicándolo fuera de su familia, pues no vive con ellos, sino que en un departamento rente al suyo, a quien, además, ocasionalmente, acompaña a vender a la feria de frutas y verduras de la comuna de Maipú, afirmando que: “Con mi tío se gana entre 180 y 200, gasto 100 y 80 a la libreta”. L.E, posee una libreta de ahorros en el banco, con el dinero que obtenía en cada asalto, una parte la destinaba a sus ahorros. En este momento se muestra orgullos de haber hecho esto, pues en unos pocos meses será papá y con ese dinero pretende costear los gastos que se avecinan. Para L.E, siempre fue importante repartir su dinero, distribuyéndolo entre la familia de su polola y la propia, señalando que: “mi mami nunca me aceptó la plata, me preguntaba de dónde la sacaba y yo le decía que de por ahí” (Com. Pers, octubre de 2007). Del mismo modo, a su polola no le cuenta de sus andanzas, pues considera que: “mi polola es de casa, es tranquila” (Com. Pers, octubre de 2007), no queriendo involucrarla en los hechos que él cometía, quizás por lo mismo confiaba más en su hermano, pues compartían una cierta situación común, de algún modo una forma de concebir el mundo desde su práctica, desde la forma en que legitiman las estrategias para obtener dinero. Cabe destacar que este joven, ingresó al centro por haber robado una camioneta repartidora de cecinas, usando un arma de fuego apuntó al chofer de la camioneta, exigiéndole que le diera las llaves. Luego L.E, deambuló por las calles del sector norte de Santiago, vendiendo algunos productos y regalando otros entre los habitantes de su población en Quilicura, hasta que los carabineros lo detuvieron en la misma entrada de su población. De algún modo, pareciera que el grupo familiar no parece inmiscuirse en las actividades realizadas fuera del hogar, pasando a ser tibios los llamados de atención que aluden a lo moral, y como consecuencia de aquello sin efecto visible. Este aspecto no deja de ser menor si se considera que está en manos de la familia el proceso de transmisión de mecanismos, creencias y formas de concebir la vida y el mundo. El rol antes señalado ha sido abandonado por esta institución no por gusto, sino que por las extensas horas de trabajo que les impide estar presentes en sus hogares. Esta situación responde claramente al modelo social, económico y cultural en el que estamos inmersos, el que le otorga una gran valoración al éxito y acumulación económica, predominando el individualismo como forma de acceder a un amplio conjunto de bienes, tanto materiales como simbólicos, generando una crisis en la familia entendida tradicionalmente, en el sentido de que la cercanía cotidiana durante la época de crianza, cada vez resulta menor, ya que muchas veces se contrapone con la realidad de estas familias. Al respecto, otras instituciones o espacios sociales cobran relevancia en la vida de los jóvenes, como sería el caso de la escuela, el grupo de pares y por supuesto, más en este caso puntual, el mundo de la calle. Respecto de la constitución familiar, es posible apreciar que no es homogénea, ya que si bien, la gran mayoría vive con sus madres, el resto de los integrantes del grupo familiar es variado, dentro de los que se pueden sumar abuelas, padrastros, hermanas, primos y las mismas parejas de los jóvenes, quienes suelen mudarse a sus casas, una vez que quedan embarazadas. Dentro de los jóvenes que entrevistamos, de un total de seis, dos iban a ser padres prontamente, con edades entre 15 y 16 años. Al respecto, durante las conversaciones, los jóvenes, en general, no hicieron referencia a las condiciones físicas del lugar en donde habitan con su grupo familiar, es decir si el espacio es pequeño o grande, quienes comparten dormitorio, etc. Sin embargo, se refirieron a la población en donde viven, describiéndolas como peligrosas por la alta tasa de violencia ante la conformación de pandillas rivales dependiendo de la población a la que se pertenezca, generando muchas veces, peleas entre bandos contarios, como es el caso de A.D de 16 años, proveniente de Puente Alto, quien señala que: “maté a un cabro, fui a cobrar la mata”, refiriéndose a que un joven mimbro de otro grupo había molestado a su hermana menor, golpeándola en reiteradas ocasiones, por lo que decidió vengarse y en una noche en que se topó con este joven le disparó desde unos metros impactándolo en el pecho, al respecto afirma que: “le disparé y me fui pa Los Angeles […] Gracias a Dios nunca me pillaron” (Com. Pers, septiembre de 2007). En este sentido, los sectores en donde viven estos jóvenes, en su amplia mayoría, se trata de poblaciones compuestas por las llamadas “viviendas sociales”, vinculándose con los sectores más pobres de la sociedad. Es sabido que las realidades habitacionales de esta parte de la sociedad son complejas, en el sentido del hacinamiento, la mala calidad de los materiales de construcción, la escasez de áreas verdes, entre otros problemas identificados, incluso, por sus mismos pobladores. Sin embargo, gran parte de nuestros entrevistados afirmó que se sienten a gusto viviendo en estos lugares, considerando sus redes de amigos, las fiestas a las que asisten, entre otros elementos, de nuestros entrevistados la mayoría posee su domicilio en las comunas tildadas como periféricas, las cuales, a su vez, conllevan en su existencia grandes estigmas sobre el mundo de la droga y la delincuencia, como es el caso de Puente Alto, Quilicura, Pudahuel, Lo Espejo, entre otras. Así las cosas, cuando al preguntarles por sus proyecciones al momento de quedar libres, dejar el centro, ya sea por término del proceso y/o condena, muchos jóvenes nos dijeron que una opción sería desvincularse del ambiente cotidiano que frecuentaban temiendo, de algún modo, que sus antiguas amistades los impulsaran a seguir en los robos y demás prácticas vinculadas al delito. Sin embargo, para muchos, las precarias condiciones económicas se los impide, quedando así la familia enmarcada en un mundo de pobreza, entendida como carencia, referida a la incapacidad de satisfacer un determinado número de necesidades consideradas como universales, o desde un punto de vista de su consumo en lo que se ha llamado “estar debajo de la línea de la pobreza”, situando así a la familia y a sus miembros en una compleja relación con el ambiente socioeconómico que los rodea día a día. En este aspecto, salvo un caso, las familias nucleares, demostraban gran interés en apoyar a los jóvenes en su proceso de reincorporación social, demostrándoles su apoyo en los días de visita. En dicho espacio, los jóvenes se sienten afortunados por poseer a un ser querido que los acompañe en este difícil proceso, más aún, para aquéllos que lo viven por primera vez., incluso en algunos casos, como en el de G.J de 16 años, su padre que había dejado el hogar que compartían junto a sus demás hermanos y su madre, lo visitaba después de que había pasado un largo período sin verlo. Al respecto, resulta importante señalar que los jóvenes, en su mayoría, no provenían de familias vinculadas a prácticas de delincuencia, siendo casi una excepción el caso de C.O, de 17 años, quien afirmaba que el uso de armas blancas y de fuego, resultaba un hábito frecuente en algunos ámbitos de sus dinámicas familiares, pues a veces, tal como señalara: “Nos ponimos a tomar, mi abuela se opone […] después sacan cuchillos, se ponen a pelear, yo ahí me viro mejor”. Este joven, consume pasta base, pudiendo llegar a gastar $500.000 en la compra de esta droga, la que es financiada mediante asaltos frecuentes, a bencineras, farmacias, robos domiciliarios, entre otros, siendo este último el motivo de su detención. C.O ha estado detenido otras tres veces, dice que es difícil cambiar y que no está seguro que quiera hacerlo, comenta lo difícil que es dejar de fumar pasta base, sumado a las influencias que ejerce su grupo de pares. Para C.O, al igual que para A.D, el uso de armas es algo muy necesario para su sobrevivencia dentro de la población, como un método de defensa. Para el mismo A.D, el uso de armas ha sido habitual, desde que a los 11 años su padrino le regaló un revolver. Es por esto, que la reincorporación social que estos jóvenes puedan vivir, se ve mediada por una serie de factores, en donde tanto la influencia de sus pares, así como otras situaciones como la pobreza, la frecuente fragmentación familiar, terminan por dibujar un círculo difícil de deshacer, en donde la familia no siempre posee la capacidad ni la pertinencia para concretar en sus hijos los ideales de una sociedad que se perfila como monotemática, en donde el éxito económico está reinando las diferentes esferas de la sociedad. REFLEXIONES Las relaciones establecidas en este tipo de ambiente terminan por configurar la identidad de estos jóvenes en los bordes de una sociedad hegemónica y monotemática que los excluye explícitamente. Lo antes señalado los lleva a buscar salidas a muy corto plazo, de tal forma que puedan acceder a aquello que no podrían hacerlo con la remuneración de su familia, o con la que ellos mismos podrían obtener teniendo un trabajo tradicional. El tipo de relación establecida entre los jóvenes y sus familias es definida por ellos mismos, como buena y de confianza, parámetro establecido en relación a la permisividad que veían por parte de su grupo familiar hacia su actividad en la calle. Hay que señalar que aquella permisividad a la que se hace referencia, puede corresponder a la falta de argumentos necesarios para impedir que sus hijos continúen vinculándose con la actividad delictual, ya que al estar insertos en un medio que prácticamente los determina, existe, por parte de los padres, una cierta resignación de que hay muchas más alternativas para ellos. Claramente, en las entrevistas, desprendido de los discursos de nuestros interlocutores, se puede afirmar que las relaciones más fuertes son establecidas principalmente con la madre, la que es identificada como mujer trabajadora, que debe sacrificarse por brindar el sustento familiar, cuando el padre está ausente. Sin embargo, como señalamos en el presente informe, existían casos en que durante la reclusión, los padres se habían hecho presentes, prometiéndoles apoyarlos en este transe, todo lo cual hablaría de una suerte de rearticulación familiar emergente, producto de una situación puntual como es hecho de permanecer en un centro de reclusión. En su mayoría, los jóvenes se muestran sensibilizados con el dolor de sus madres al estar ellos recluidos, a lo que algunos responden con un compromiso verbal de que no se volverá a repetir. Otra de las figuras consideradas como significativas en el mundo de estos adolescentes, son sus parejas, quienes son incluidas dentro del grupo familiar, ya que a muy corta edad viven con ellos, en especial cuando están prontos a ser padres. En cuanto a los tipos de valoración que los jóvenes señalaron, respecto a sus parejas/pololas, se vinculaba con el apelativo de “tranquilas” o “niñas de casa”, expresando implícitamente que ellas no se dedicaban a las prácticas de delincuencia como ellos, demostrando, quizás, que su accionar no es algo inocuo. Finalmente, parece interesante señalar, que una de las motivaciones más visibles, percibidas en nuestro trabajo de investigación, se relaciona con aquéllos que pronto se convertirán en padres, quienes lo comentan con orgullo, haciéndose responsables de sus mujeres y sus hijos, prometiendo, en algunos casos, cambiar por el futuro de sus propios hijos. ¿Será en este punto, el hecho de convertirse en padres a temprana edad, un elemento que comience un nuevo tramo en el círculo de la pobreza?, ¿Habrán vivido también sus padres este proceso de transformación cuando iban a nacer sus hijos?, sin duda, las dinámicas familiares suelen repetirse, en un contexto donde las aspiraciones de vida, no suelen ser las de la mayoría. La educación, dada sus características en nuestro país, marcada por una clara segregación social, no suele ser un modelo al cual aspirar entre los jóvenes de las clases más populares, por lo que sus caminos para obtener los mismos ideales, que los demás miembros de la sociedad persiguen, a saber el exitoso económico, es buscado por otras vías, más a corto plazo, que implica atacar a un otro, que por lo general, es otro culturalmente distinto, que ha ocupa un lugar distinto dentro de la sociedad, a veces extremo respecto de la que vive un joven adolescente poblador de las periferias urbanas, económicas, políticas y sociales, entonces ¿por qué seguir hablando de una rehabilitación?...

BIBLIOGRAFÍA
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Rocher, Guy, Introducción a la Sociología General, Editorial Herder S.A., Barcelona (España) 1973.
Hermoso, Paciano, Teoría de la Educación, Editorial Trillas, México 1981. Latorre, Analía. Configuración Vincular en Adolescentes en Riesgos Social. Universidad Nacional de la Plata. 2002.

Imaginarios sociales y sociedad carcelaria: construcciones del otro, y de sí mismo. Perspectivas desde una institución de menores*.

Claudio Contreras Véliz**

Resumen.

El presente texto aborda las representaciones sociales que se construyen al interior de la población juvenil del centro de detención de menores del Sename, en la comuna de San Joaquín, respecto de sí mismos y en su relación con el resto de la sociedad, como también de las representaciones que construyen del otro, es decir, del ciudadano corriente no penitenciario.

En una sociedad chilena, proclive a plantear soluciones de reclusión o internación para individuos considerados como problemáticos o conflictivos socialmente, se presenta esta doble composición de representaciones sociales entre dos grupos determinados: los jóvenes “delincuentes” y los ciudadanos corrientes ajenos a la realidad de los internos adolescentes.

Abstract.

This text addresses the social representations that are built within the youth population of the juvenile detention centre of Sename, in the comune of San Joaquín, with respect to themselves and their relationship to the rest of society, as well as representations that build on the other, namely the ordinary citizen not prison.

A Chilean society, prone to raise solutions internment or imprisonment for individuals considered as problematic or conflicting socially, presents this dual membership of social representations between two specific groups: young people “criminals” and ordinary citizens outside the reality of internal adolescents.

I.

Pantalla plana de realidades intangibles. Latencia de un acontecer, de un estar sucediendo entre nosotros, pero aún así, palpable –para una generalidad- sólo por medio de las paladas de existencias que entrega un aparato televisivo. Programas y shows de audiencias nacionales, donde por unas horas nos aproximamos, sensacionalistamente o no, a esos otros que constituyen la temida "cultura de la calle”, es decir, los “jóvenes delincuentes”. Imágenes parpadeantes entre la sucesión de un transcurrir cotidiano, entre la rutina del ir y venir desde y hacia el hogar, y la visibilización potencial por parte del lenguaje hegemónico de los medios de comunicación social.

Estamos cada vez mas inmersos en nuevas lógicas de ordenamiento global y local, de transformaciones producto de una “modernidad radicalizada” (Beck 2002), y que Ulrich Beck ha llamado la “Sociedad de Riesgo”, apelativo que busca expresar la característica central que bosqueja nuestro vivir: “La sociedad contemporánea está sometida a un cambio radical que plantea un reto a la modernidad basada en la Ilustración y abre un ámbito en el que las personas eligen formas sociales y políticas nuevas e inesperadas” (Ibíd: 1). Alteraciones que derivan en nuevos espacios sociales, culturales y hasta individuales. Aspectos como la exclusión-inclusión, ya no vista solo en campos atingente a políticas sociales orientadas hacia la población pobre de los Estado-nación, sino también en campos de rebeldía y resistencia a las políticas cohesionadoras de sociedades, más que locales-nacionales, globales. Realidades y tensiones, que arrojan indicios de nuevas resignificaciones en el convivir y coexistir. Conceptos como “Cohesión Social”, imperante en los horizontes públicos de las autoridades administrativas del Estado, que chocan frente a las tendencias de nuevos tipos de agrupamiento y relaciones sociales, de la individualización del sujeto social por otro lado, así como también de las nuevas comunidades y culturas resistentes (entiéndase también grupos como tribus urbanas) y/o reticentes al sentido de lo social, entendido e impuesto por otros grupos, ya en posiciones más hegemónicas, sobre el ser y sentirse en un ámbito social determinado.

De este modo, aspectos como la incertidumbre, la supervigilancia y la exposición entre los grupos sociales, modelan ciudadanías de regímenes fundados en la desconfianza, el control y los aislamientos sociales. Será en el “Allá”, en las estigmatizadas zonas periféricas de la ciudad, donde yacerá la noción colectiva de los grupos mejor posicionados en la comunidad urbana, la raíz del conflicto social. El “antisocial”, a fin de cuentas, simboliza para el ciudadano “corriente”, aquel sujeto inmerso en lo “preferiblemente deseable” por el que se aboga en las leyes y códigos de la sociedad, un elemento más de inestabilidad, inseguridad y de causa principal de la problemática que afecta al resto de sus congéneres, conciudadanos y/o connacionales.

De esta manera, la sensación de riesgo e inseguridad, impone en los grupos dominantes o mayoritarios, la concepción de herramientas y medios que permitan controlar a los grupos disonantes con la lectura social reinante bajo los preceptos de los patrones predominantes. Métodos, que se traducen principalmente en la privación de libertad, en el encerramiento y como diría Foucault, en el “buen encauzamiento” de los sujetos disidentes o inadaptados. Es, desde esta perspectiva, que el poder disciplinario –como bien explica el pensador francés- permitirá “enderezar conductas”, replanteando el sentido del vivir y de ser del sujeto cuestionado, esto es, la fabricación de un nuevo individuo (Foucault 2002: 157).

Es, en las instituciones carcelarias, a visión de la comunidad, el medio por el cual el “joven delincuente”, el “antisocial” si así se quiere, podrán ser controlados y asimilados a las racionalidades y modos de vida del resto de la sociedad, perpetuando un modo de control y sometimiento de aquellos otros no-controlados. Contexto institucional por lo demás, que delata la noción carcelaria como fundamento de solución exclusiva para todo agente inadaptado a los patrones socioculturales imperantes en el ordenamiento social. En un sistema y estructura social de tipo carcelaria, la directriz principal es la de un estricto “Control Social”, entendiéndose esto, que a partir de la relación igualitaria legalmente ante la organización social, igualmente se da una construcción asimétrica entre los individuos y el poder, especialmente el estatal: “El control que el Estado ejerce sobre el individuo, esta nutrida justamente de la “sumisión dóxica”, condición mental donde el sujeto obedece, pero reconoce los mecanismos ordenados detrás de la violencia simbólica” (Moreira 2001: 22). La identificación de los medios formales de control social, como el ordenamiento penal, la policía, los tribunales de justicia, y por supuesto, las instituciones penitenciarías (Ibíd: 17), serán principios arquitectónicos de una perspectiva social fundamentada en el control y el castigo reclusivo.

El principio de ordenamiento social fundado en la institucionalización de las estructuras de una sociedad dada, se yerguen más que nunca, como un importante paradigma de las sociedades modernas. Las “Instituciones Totales”, como le llamó Erving Goffman, denotan tales pulsaciones de la modernidad. La burocratización y control de hechos cotidianos en el vivir como dormir o circular, se ven alterados bajos los regímenes que organizan dichas instituciones, afectando e influyendo en el individuo internado sus practicas cotidianas que solía realizar. Así, las instituciones nacen como causa y razonamiento para comprender-se en la legitimación de la privación de libertad de otros, de personas que si bien pueden ser consignados como partes de una misma identidad nacional o regional, no se traduce sin embargo, en una igual identidad, al momento de experienciar y relacionarse bajo espacios territoriales contiguos, como podría ser al interior de las configuraciones espaciales de una ciudad.

Es que en la manera de organizarnos y vernos socioculturalmente, sobresalen muros construidos diacrónicamente sustentados en la legalización de las pautas sociales, de la burocratización de los espacios de reformación y control social, así como de la imposición de modelos ciudadanos en una época de conflictos globales-locales y en que las relaciones se entrecruzan y resignifican en un mundo de aconteceres líquidos como bien expresa Zygmunt Bauman. Liquidez de la sociedad, donde el individuo se eleva como agente, un actor, por este derretimiento de los ‘sólidos’, de las tradiciones y estructuras, a fin de cuenta, de los compromisos: “Los sólidos que han sido sometidos a la disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluidas son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivas –las estructuras de comunicación y coordinación entre las políticas de vida individuales y las acciones políticas colectivas-.” (Bauman 2002: 5). El sujeto, como agente libre, y la sociedad como contenedora de dichas decisiones, escurren entre patrones y tradiciones, desenvolviéndose en la declinación respecto de, precisamente, aquellos compromisos relacionales entre sí, como también, de los ordenes imperantes pero ya decadentes.

Situación contemporánea en que uno, como sujeto e individuo colectivo, se piensa y aprehende a los demás dentro de percepciones ideacionales, imaginarios originados en el ser humano y social.

En consecuencia, los “Imaginarios sociales”, entendidos como: “verdaderos esquemas de inteligibilidad de lo que es, en definitiva, una realidad invisible” (Baeza 2000: 9) fluyen ya no bajo “ideas” totalizadoras y coercitivas, sino, bajo múltiples modelos imaginarios de percepción experiencial en la cotidianidad del andar, hacer y vivir de la urbe.

II.

Dentro del juego relacional que se da en el universo de los grupos sociales que se constituyen en las sociedades, se presentan diferentes maneras de construir sentidos de pertenencia, identidades e imaginarios sociales, no obstante ideologías macro que aglutinan buena parte de ellos. Lo último, implica que si bien estamos inmersos en sociedades fundidas en procesos globales, modernizadores y de homogeneidad institucional y organizacional, igualmente se desarrollan significaciones y simbolismos individuales y colectivos, que serían esquemas absolutos de realidades (no siempre tangibles o visibles) y de sentido existencial colectivas, que van ligadas estrechamente con la historicidad caracterizante de la épocas contemporáneas a cada imaginario de un grupo social determinado: “Sugerimos, en verdad, que los momentos históricos van configurando formas de imaginar, individual y colectivamente y que éstas van, en un sentido dialéctico, caracterizando a esos mismos momentos históricos” (Baeza 2000: 16). Es en el sujeto, actor y protagonista, desde la cual se funda la génesis del imaginar, pero que va construyéndose a partir, del sentir de una colectividad.

Es así, como dentro de los marcos de una sociedad chilena, en un contexto sociocultural mestizo latinoamericano, y en relaciones internacionales sumidas en concepciones globales y de interconectividad, se pueden –aún así- distinguir grupos diferenciables muy marcados, reflejando con ello, construcciones ideacionales (imaginarios sociales) diferentes en rasgos más específicos unos de otros. De esta manera, existe por una parte, y en el caso especial que se intenta tratar, el imaginario de una sociedad y sus ciudadanos, de tipo economicista y legalista, con patrones y códigos culturales sustentados en el respaldo de instituciones y estructuras organizacionales tendientes a lo correccional y represión, con el fin de asimilar cualquier intento de escisión en las lógicas imperantes de las relaciones de poder. En cambio, por el otro lado, existe una ciudadanía más renegada, resistente de la institucionalidad de la burocracia y el encauzamiento. Individuos que ven en los organismos institucionales de control, un enemigo más que un ente responsable de bien público.

Así, jóvenes recluidos en instituciones penitenciarias o de privación provienen de ámbitos colectivos con expresiones socioculturales diferentes a los de otros grupos sociales muchas veces, vecinos a ellos. Expresiones como: “Voy a trabajar…” a tal lugar (referido por uno de estos adolescentes) cuando esa concepción de trabajo, significa para el otro “de robo”, ya implica construcciones e imaginarios distintos, hasta opuestos. Lo que para uno es asalto, robo, hurto; para el otro, es trabajo. El uno como el otro, representan, y se autorepresentan como legitimas expresiones desde lo cultural, legitimas manifestaciones en un mundo especifico y de lógicas afines a ellos en sus dimensiones particulares. La aprehensión del mundo será a partir de estos imaginarios erigidos desde lo individual-colectivo, generándoles por cierto sentido entre sí, pero conflicto para con el otro.

Es entonces que en la asociación, la cohesión y el comunitarismo, por ejemplo, en las diversas maneras de organización, es donde yace el éxito de la supervivencia del ser humano, y por cierto, en este imaginario colectivo de constructores de realidades.

No es entonces en la individualidad del ser, donde reside el acontecer de un imaginario, sino en el individuo social, en ese sujeto y el otro, reunidos ellos, bajo ideas y quehaceres comunes que los van distinguiendo de otros grupos, generando con ello, imaginarios de sí mismos, como de los demás. Es así, que si bien ese hombre social, se constituye a partir del hombre como ente individual, el Self, es innegable la aportación relacional y colectiva del los seres humanos para la constitución de una red social que sustente imaginarios y cosmovisiones respecto de su mundo circundante, como de los demás; de ahí, desde el imaginario social, la cotidianidad del percibir y pensarse como sujeto social en una sociedad dada, se manifestarán como rodamiento central en la configuración y funcionamiento de la sociedad. En ese día a día del existir, en lo ordinario de lo cotidiano, es que el Hombre se muestra como ser individual y social al mismo tiempo, al momento de las edificaciones imaginarias.

Ahora bien, la constitución de imaginarios no involucra por cierto maneras rígidas de estructuración social o de la imposición de un modo determinista y perpetuo de verdades absolutas de un grupo humano. El yo, el sujeto o el actor, en conceptos de la teoría de la agencia, actúa, experimenta e interactúa a través de dinámicas no siempre dadas, sino también, a través de la toma de decisiones. Los fenómenos socioculturales, se desprenden a partir del accionar de los individuos. Así, la relación entre las estructuras, instituciones o sistemas respecto del quehacer individual, podría constituirse como un marco, pero no necesariamente como una determinante: “…, aun las más fuertes determinaciones sociales, antes de poder operar con toda su presunta eficiencia, han de ser procesadas, ‘digeridas’ por subjetividades particulares, pudiendo por ello ser, o bien aceptadas, o relativizadas, o hasta evitadas” (Baeza 2000: 18). Ello, simboliza un poco ese halo de negociación que se puede dar entre un grupo dominador que somete a un sujeto por medio de la reclusión en una institución de tipo total, como también, los mecanismos de “buen encauzamiento” del cual hacía mención Foucault.

El encuentro de un representante de una cultura, “la cultura de la calle”, si bien confronta en los territorios y espacios comunes públicos, con los modos y costumbres particulares de los demás ciudadanos de un lugar determinado, es sometido también a encuentros y reconsideraciones en lugares ya no tan libres, como son las instituciones y centros de control y privación de organismos públicos estatales, donde se impone el imaginario de los ciudadanos no pertenecientes a esta “cultura callejera”.

Será, en estos puntos enclaustrados de encuentro, que corregidos y rectores, unos y otros en su dimensión social, se confrontarán –ya generalmente- en diálogos sordos de autorepresentacion e imaginario de sí y de los demás.

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** Estudiante de Antropología Social, Bachiller en Antropología, Chileno.

El rol del Estado, la familia y la comunidad

Carolina Díaz Araya.

Resumen

En el siguiente trabajo se pretende conocer el o los discursos existentes dentro del CIP sobre la reinserción social de los jóvenes, en cuanto a los discursos sobre sus posibilidades reales de reinserción, teniendo en cuenta la nueva ley penal de responsabilidad adolescente y las distribuciones de responsabilidad que existe entre las diferentes esferas que componen el mundo social: Estado, Familia y comunidad.

Abstract.

In the following work one tries to know or the existing speeches inside the CIP on the social rehabilitation of the young men, as for the speeches on his real possibilities of reinsertion, having in it account the new penal law of teen responsibility and the distributions of responsibility that exists between the different spheres that compose the social world: State, Family and community.

I.

Durante el trabajo de entrevistas, realizado en el Centro de Internación Provisoria (CIP) a los jóvenes detenidos y a los funcionarios: gendarmes y coordinadores, las incógnitas que surgen tienen directa relación con los datos recolectados y lo que se espera de la rehabilitación de los jóvenes del CIP. Así como la visión que poseen los trabajadores del SENAME y de gendarmería. Los niños entrevistados fluctúan entre los 13 y 16 años y se encuentran recluidos cumpliendo con un régimen carcelario cerrado. En el lugar cumplen horarios y realizan diversas actividades con fines recreativos y como parte de un complejo funcionamiento institucional.

No esta demás decir que la ley en su objetivo sobre erradicar la criminalidad y delincuencia ha fracasado rotundamente, no así, en el objetivo más encubierto, el cual parece ser el de establecer un consenso dentro de la población para entender lo que es una conducta criminal; en este sentido, la ley ha logrado con creces aquello. Construyendo subjetivamente, bajo el aparente sentido común de la población, las ideas y valores sobre lo que es “bueno o malo” dentro de lo socialmente aceptado. De esta manera existiría una construcción hegemónica que delimita los bordes de lo legal/ilegal. Y es esta la concepción que se sustenta culturalmente y es traspasada a los individuos, operando como constructora de realidad y sentido, cada vez que nos exponemos a acciones que están en el borde de lo legal, sabemos en que lado estamos.

La privación de libertad, ha sido casi tan antigua como la historia de la humanidad, en cuanto a castigos punitivos para aquellos que se salgan de los marcos de lo legal. El encerrar no es exclusivo de las instituciones carcelarias, también existe ese concepto en los hospitales psiquiátricos y otros, Foucualt ya ha hablado, extensamente, de ello. En el caso del CIP, el encierro es durante un corto periodo, hasta que salga la condena o vuelvan a sus casas, en el intertanto, los niños/jóvenes comienzan una rutina que está apuntada a su integración social, lo cual tiene por objetivo que los internos no vuelvan a reincidir y se mantengan fuera de las drogas.

Todo ello no es nuevo. El antiguo sistema penal tenía cláusulas en la cual se apostaba a la autoridad paterna para el disciplinamiento y hacia una clara diferencia entre actuar con y sin discernimiento. Se actúa con discernimiento desde los 16 a los 18 años, posterior a eso, es responsabilidad penal total. Lo cual termina con la nueva ley, que declara que los mayores de 14 años son imputables; lo cual provoca que una gran cantidad de niños ingresen por delitos menores o graves al sistema judicial, los mismos niños que antes eran entregados a sus padres, ahora son detenidos.

Sobre la reinserción misma, es posible decir que estimula a los jóvenes a responsabilizarse por sus actos y ha comprender que ellos y los demás son sujetos de derecho y deberes, como cualquier persona, por ello no debe pasar a llevar aquellos derechos. La sanción tiene como fin el de ejercer una sanción social, y de esta manera entregar una imagen a los jóvenes sobre la eficacia con el que actúa el sistema. Entregar herramientas para el no se siga delinquiendo, esto implica fomentar las redes personales, familiares y comunitarias. De esta manera, la reinserción se basa en dos pilares: la familia y las redes como apoyo y fomentar una imagen de Estado omnipresente, que vigila y castiga lo ilegal (Del Gatto, 2005)

II.

Para entender de mejor manera como es que algunos jóvenes llegan a centros de internación provisoria, lo más adecuado es referirnos al contexto: la sociedad y la cultura.

Cada día a través de los medios de comunicación se dibuja y consolida la imagen de una juventud que pareciera ser cada vez más violenta, descerebrada y drogadicta. Prejuicios todos ellos amparados bajo el alero de los medios de comunicación. Los y las jóvenes, aquel segmento que la biología y la ley establece entre los 13 y 18 años, pareciesen moverse dentro una sociedad que se muestra hostil o poco tolerante con las nuevas formas de ser, vivir y comunicarse que tienen estos. Brechas generacionales que existen desde siempre, lo estático o tradicional que se ve enfrentado ha revoluciones del lenguaje y comunicación, y es la juventud la que trae, muchas veces, estas nuevas formas de ser y moverse en el mundo. Formas que muchas veces están dentro de un marco legal o establecido, ir contra la norma no es lo que las caracteriza a los movimientos que emergen desde la juventud, la mayoría de ellos son modas que vienen desde afuera y que se adoptan rápidamente en Chile y se modifican bajo los parámetros de la cultura que adopta la nueva moda. Debido a esto, las modas en Chile poseen aspectos que las diferencian de donde nacen, y ello tiene mucho que ver con la manera en como se estratifica la sociedad, los sectores y las clases sociales, todo ello tiene sus raíces en una cultura de capitalismo tardío, muy consumista, de distribución económica desigual; entre otros elementos que caracterizarían la sociedad chilena.

Si bien existe un amplio grupo social que tiene acceso a las nuevas tecnologías, a las modas y tendencias; existe un grupo aun mayor, que no posee el exceso a ellas, sin embargo se mueven dentro del mundo social, desde la marginación, claro está. Para los hijos de la marginalidad, las modas no están vetadas, ni las ansias de consumo, en un mundo de restricciones ellos se las ingenias, así como sus padres, para moverse desde aquella marginalidad. Si bien, esto podría interpretarse como una mirada materialista sobre el fenómeno de la delincuencia ejercida por menores de edad, lo cierto es que no es un punto menor dentro de la complejidad del asunto, y esto porque finalmente lo que se roba (si este es el delito) son artículos que se invierte en estatus (zapatillas, ropa de marca, celulares y otros); para droga y también se transforma en sustento familiar, lo cual vendría a componer el lado simbólico del fenómeno. Funcionalmente, la delincuencia actúa como catalizador del inconformismo y como fuente para saciar necesidades.

Durante el trabajo de entrevistas, realizado en el Centro de Internación Provisoria (CIP), la visión sobre la reinserción, vista esta como el abandono de las prácticas delictuales y que se alejan de la norma, parecen apostar a esferas de la vida social que están inmersas dentro de la misma lógica que sustenta la delincuencia y el criminar.

Refirámonos a la familia: las cuales pueden o no ser marginales[1]. Podemos entender que el núcleo domestico de los barrios marginales están en mayor contacto con situaciones que podrían llamar al descarrilamientos de sus hijos (droga por ejemplo). Sin embargo, la precaria situación de muchas de las familias de estos adolescentes están basadas en que existe una constante carencia, y en aquel ambiente la valoración del mundo, desde la privación, se constituye de forma diferente: los códigos son cambiados, las prioridades son diferentes a una familia de clase D o ABC1. Los parámetros desde donde se construye la imagen del mundo se sustentan sobre aquellos pilares, y son compartidos, no solo por su familia, sino que también por sus pares y la comunidad. Ahora bien, esto no implica que se construya un mundo sobre otro, ya que dentro de la marginalidad las contradicciones no se hacen esperar. Y aquello, tiene mucho que ver con las normas estandarizadas y hegemónicas que gobiernan la realidad, inclusive permean la marginalidad, constituyendo un espacio de contradicción, entre el deber y el querer.

Los adolescentes entrevistados, varias veces mencionaron el hecho de “cambiar”. Cambiar por su abuela o por la madre, por la vergüenza de sus padres. Otros en cambio, habían abandonado su hogar a temprana edad porque entre salir a pedir dinero en la calle y llevar una suma constante de dinero al hogar; y quedarse con toda la ganancia y vagar libre por la calle, la libertad de la calle gana.

Por otro lado, tenemos el papel del Estado, el cual no entrega garantías de un futuro a los muchos jóvenes marginales que comenten delitos y se mueven en el límite de lo legal. No existen garantías de un futuro, la escuela no lo es y la protección familiar tampoco lo es. Solamente el Estado se hace presente en las leyes y el financiamiento de programas que disminuyan el fenómeno, sin embargo dicta mucho de acercarse realmente al problema y enfrentarlo desde sus raíces, las cuales se suponen en este trabajo: la desigualdad social que crece dramáticamente, aumentando la brecha entre unos y otros. Otro problema es la fe ciega en la educación, la cual carece de una sólida metodología de enseñanza y sus pilares son tan frágiles como su futuro, por ello, la apuesta hacia un sistema educativo como espacio neutro para la juventud, donde se logre una real integración social por medio de la educación, parece, por decir lo menos, utópico siempre y cuando las raíces de los problemas no se solucionen. Cuando suceda todo lo contrario, se podría apostar a una herramienta verdadera para otorgarle a los muchos adolescentes y adultos que no ven futuro ni porvenir en una sociedad donde la movilidad social esta reducida y el capitalismo, cada vez más severo, deja poco espacio para los sectores marginales.

Los procesos de marginación parecen no detenerse, y las políticas aplicadas a ello poseen fallas estructurales: “En toda sociedad encontraremos, en un determinado momento, una serie de valores hegemónicos y, en correlación con ellos, un conjunto de normas, implícitas o explicitas, producto de los diferentes conflictos y de los mecanismos socioculturales de superación de los mismos que la sociedad se ha ido dando a lo largos de su historia, para regular tanto su relación con el medio, como las relaciones entre los humanos” (Romani, Oriol, 1996:306)

Desde la antropología la juventud tiene a ser abarcada como tribu urbana, y mucho de los jóvenes entrevistados entran dentro de comunidades de pares que se asemejan, comparten y se protegen entre si, poseen identidad como grupo y se cohesionan. La reinserción social pretende que se apoyen es sus pares, lo cual es una contradicción, en el sentido que son sus pares y su entorno social matriz de su visión de vida, o al menos comparte un estilo de vida similar, una identidad delictual, que si no existen las garantías necesarias para pensar un futuro mejor, ni la familia mejorará, ni la comunidad experimentara una visión menos hegemónica sobre estos jóvenes que caen detenidos, y finalmente sus amistades parecen cerrar el mismo circulo vicioso del cual ellos son frutos.

Por otro lado, los gendarmes poseen una visión pesimista sobre las posibilidades de rehabilitación. Sus preocupaciones para con ellos son en primera instancia que no crucen la línea de fuego, ya que se verían obligados a disparar y aquello conlleva a un sumario. De las oportunidades que poseen los jóvenes es poca la esperanza para ellos, finalmente, los ven como semillas del mal, y continuadores de, a veces, tradiciones familiares, por ello, no existe manera de asegurar que cuando salgan del CIP vuelvan a la norma.

Los coordinadores no son la excepción. Se encariñan con los niños y muchas veces terminan siendo como padres, sin embargo, son pocas las posibilidades que ven ellos de reinsertarse en la sociedad como sujetos que se muevan ya no en la marginalidad ni en los bordes del sistema. Al parecer, si los jóvenes tienen mucha fe cristiana, el evangelio parece ser una poderosa forma de volverlos a la norma. Mas allá de la educación formal o de un oficio, la religión les entrega una nueva configuración de sentido sobre la vida, despojándolos de los nuevos valores para insertarlos en un mundo con nuevas significaciones y con redes sociales nuevas, esto funciona solo si tienen fe.

III.

A modo de reflexión final, es posible decir que el sistema social en el cual estamos insertos produce incertidumbre, pobreza y desigualdad; algo así como la ley del más fuerte. Y la supervivencia dentro del sistema tiene mucha relación con la capacidad de movilidad dentro de él y de adquisición de elementos que permitan la reproducción biológica y social, ello debe conseguirse de cualquier forma. Además, los seres humanos valoramos y significamos el entorno con las vivencias diarias y el choque con el mundo de la vida. En las entrevistas realizadas a los adolescentes, y trabajadores debelan que la complejidad de los fenómenos esta sujeta a las manera en como decidamos observar la acción. Podemos ver la delincuencia como jóvenes desadaptados o como determinados por una psicología específica; o una carencia material. Podría ser todo ello, o ninguna de las causas. Incluso, para complejizar de mayor manera, no necesariamente podríamos comprender en fenómeno de manera causal, sino un punto en el mapa donde confluyen los problemas, dinámicas y dilemas del mundo moderno, sobre el cual solo podemos decir finalmente, que esta constituido de otros micro problemas, y que después de todo, la realidad es recursiva, y gira sobre si misma, así las cosas, solo nos acercamos por los lados y aquellas soluciones planteadas en cuanto a la reinserción de los jóvenes, dicta mucho de un análisis acabado sobre el mundo contemporáneo y lo que es la juventud.

Referencias Bibliográficas.

Beck, Ulrich (2007) Vivir en la sociedad de riesgo. Documentos CIDOB. Serie dinámicas culturales N° 8. Barcelona.

Feixa, Carles (2000) Antropología de las Edades. En: Prat & Martínez (Ed) (2000): Ensayos de antropología cultural. Ariel Antropología. Barcelona

Romaní, Oriol (2000) Antropología de la marginación. Una cierta incertidumbre. En: Prat & Martínez (Ed) (2000): Ensayos de antropología cultural. Ariel antropología. Barcelona.

Taylor, S.J. Bogdan. (1999): Introducción a los Métodos Cualitativos de investigación. Editorial Paidós, Barcelona

Web grafía.

Del Gatto, Delia (2005). Efectos de los programas del SENAME en la integración de los niños y niñas. En:

http://www.sename.cl/SenameWebNeo/Controls/Neochannels/Neo_CH6193/deploy/Efectos_prog_Sename.pdf. Revisado el 01 de noviembre de 2007



[1] En el caso que no lo sea el análisis es diferente, ciñéndome a los datos obtenidos en el CIP, solo se hará referencia a familias marginales.

jueves, 15 de mayo de 2008

El concepto de Héroe, la noción de rol sociológico, y la noción Bourdeana de Habitus y Posición Social en el CIP de San Joaquín

Catalina Downey

Durante el segundo semestre del 2007, fuimos un grupo de estudiantes de quinto año de antropología a visitar semanalmente un establecimiento CIP de Santiago (Centro de Internación Provisional). A lo largo de este trabajo en terreno, tuvimos ocasión de conversar con muchos de los jóvenes que allí residen esperando una condena por delitos que varían en cuanto a su gravedad jurídica. Al mismo tiempo pudimos conocer las instalaciones y conversar con algunos de los tutores que están a cargo de los menores.
Es a propósito de esta experiencia que surge el argumento del ensayo que a continuación se presenta. La idea general de este texto es complementar la data etnográfica con algunos datos extraídos de la novela del chileno Alfredo Gómez Morel, El Río, encausando la reflexión en función de cuatro ejes temáticos principales: El concepto de Héroe, la noción de rol sociológico, y la noción Bourdeana de Habitus y Posición Social.
A modo introductorio se presentará una pequeña reseña acerca de la temática de la novela con la que se trabajará y luego algunos antecedentes y comentarios sobre la delincuencia juvenil como fenómeno social. A continuación se desarrollarán los tres ejes temáticos a modo de acápites diferenciados a través de los cuales se irá analizando la data etnográfica.

El Río

Esta novela, escrita en la primera mitad del siglo XX es una autobiografía que relata el tránsito de un menor hacia la delincuencia y cómo se va involucrando en el modo de vida de un grupo de jóvenes que vivían a orillas del Mapocho. El relato concluye cuando después de un largo camino recorrido es finalmente aceptado y adquiere un cierto nivel de prestigio al interior de la comunidad delictual nacional. Se ha escogido este relato como documento paralelo a la data etnográfica de terreno porque supone un retrato que si bien es de otra época, es bastante fiel y perfectamente extrapolable. Muestra una gama de códigos, jerarquías, concepciones y dinámicas internas de la comunidad delictual chilena que son fundamentales para comprender la forma en que los menores visitados se relacionan con sus pares dentro del recinto del CIP.

Antecedente sobre la delincuencia Juvenil

Según un estudio realizado en España, el término “delincuencia juvenil” viene recién a acuñarse en Inglaterra en 1815. Si bien constituye un fenómeno muy propio y transversal del mundo occidental, no hay gran consenso legislativo acerca de su definición y alcances en los diferentes países. Lo que si queda bastante claro es que este fenómeno adquiere visibilidad después de la Revolución Industrial y que, según el autor del estudio, entre sus causas se contarían: el desarrollo rápido de las ciudades (espacio), la progresiva desintegración de la familia como célula social (estructura) y el virtual debilitamiento del sistema religioso-moral de la sociedad postindustrial (simbólico).
El mismo estudio presenta una definición básica de delincuencia que servirá como punto de partida para esta reflexión. Se establece que la delincuencia es “el conjunto de infracciones que se cometen en un tiempo y en un lugar dados”
[1] y luego agrega que pueden distinguirse un punto de vista jurídico para el cual un delincuente es quien “comente una acción o una omisión contraria a la ley vigente” y un punto de vista social para el que el delincuente es “quien comete actos dañosos para con uno mismo, para sus semejantes o para los intereses morales y materiales de la sociedad”
De las definiciones anteriores surge la hipótesis de que el calificativo de delincuente que se hace a partir de una acción singular es una extrapolación que está en la base de la concepción materialista de la delincuencia de la cuál se hablará más adelante.
El estudio entrega además algunas características del fenómeno que se prestan para abrir algunos puntos de discusión. En primer lugar se establece que “La delincuencia caracteriza una conducta antisocial que expresa la inadaptación de un individuo a la sociedad”. Pues bien, a modo de cuestionamiento de esta concepción podríamos pensar que los individuos en la práctica no se insertan en la “sociedad” como una entidad monolítica, sino que más bien, transitan entre grupos de pertenencia diferenciados y más pequeños. De esta manera, lo que puede ser una actitud de “inadaptación” a la macro sociedad, puede también figurar como una forma de adaptación a un grupo de pertenencia marginal a los valores sociales o jurídicos de lo formal.
De esta manera cobra sentido la posterior clasificación de delincuencia que hace el mismo estudio donde se establece que existe una definición de delincuencia conocida como delincuencia Neurótica y que supone “la necesidad de ser reconocido y admirado y lograr una posición”.
Esto implica que para un cierto grupo de pertenencia el delinquir supone aprobación y reconocimiento. Tanto en la Novela de Morel como en los comentarios de los chicos esto parece ser de suma importancia. En una de las conversaciones del trabajo de campo un menor expresaba su anhelo de dejar la vida delictual, sin embargo luego agregaba que era algo difícil porque el negarse a robar le significaría perder todas sus amistades en el barrio, es decir, perder una gran cantidad de redes sociales entre las que se movía. Por su parte Morel cuenta cómo repetidas veces quiso dejar de delinquir pero que siempre volvía a hacerlo para impresionar y ser aceptado por el grupo de menores que vivían bajo el río a los que consideraba una familia.
Esta concepción de que existen diferentes grupos de pertenencia y que en algunos de ellos el delinquir puede ser un puente de acceso o una forma de permanencia, aceptación e incluso ascenso, adquiere mayor sustancia si tomamos en cuenta que una de las teorías explicativas del fenómeno es la de la Constetación. Esta teoría que tiene como figura central a Albert Cohen plantea que “La relación reside en que un grupo de jóvenes contestan y se enfrentan a la sociedad en forma de grupos y que se apartan o rechazan positivamente la moralidad de la mayoría. Forman una subcultura para ridiculizar la cultura a la que no pueden incorporarse y la convierten en una antítesis de esta cultura.(…) Esto significa que la conducta delictiva no responde a un afán de lucro, muchos delincuentes corren grandes riesgos por objetos de escaso valor”.
Así, vemos cómo los hechos delictivos muchas veces no mantienen una relación estrecha con lo material, sino que más bien constan de una dimensión simbólica y se relacionan con la construcción de un modo de vida y la aceptación e interacción al interior de un determinado grupo de pertenecía. A modo de ejemplo, el tutor del establecimiento visitado planteaba que muchas veces los menores no robaban por necesidad.
Pues bien, con estos antecedentes podemos decir que la delincuencia juvenil como fenómeno social no puede comprenderse tan solo en su dimensión factual. Existe en el imaginario legislativo una suerte de materialismo tácito que lleva a concebir los delitos en sí mismos como el eje de la acción. Se quiere evitar que los jóvenes delincan y se les castiga en función de lo que han hecho. No existe una mayor reflexividad acerca de cómo abordar y comprender el porqué se delinque de una u otra manera, qué razones existen para que los jóvenes adquieran y mantengan una actitud delictual como forma de vida y cómo funcionan las dinámicas simbólicas al interior de este estilo de vida. En resumen, existe poco interés o capacidad para comprender lo que sucede al interior de la comunidad de los jóvenes delincuentes.
El espectro a comprender es bastante amplio y es claro que no se puede hablar de una sola “comunidad de jóvenes delincuentes” sin embargo, en este comentario se hará el ejercicio de salvar matices y profundizar algunos aspectos de este grupo en un mayor nivel de abstracción, considerando, eso sí, la data recopilada en el trabajo de campo como ilustración del argumento.
Pues bien, lo primero que habría que decir, es que existe una construcción de un determinado rol sociológico al ser un joven delincuente y que tal rol se asienta en todo un entramado de códigos consensuados y reconocidos por el grupo (la familia y la sociedad pueden constituir grupos que no validen o conozcan ese código, sin embargo ese es otro tema y aquí nos estamos refiriendo al grupo de pares en frente a los que el joven actúa y se valida en la actitud delincuencial). Existe también, derivada de este rol una cierta identidad y posición social entre los pares. De esta manera, es ilusorio pretender “reformar” a un joven sin conocer cómo concibe tal rol y posición, cuál es la importancia que le atribuye y de qué manera se le puede acompañar en un tránsito a resignificar su posición social. Pues parece poco riguroso simplemente prohibir las actitudes que dan forma y representación a ese rol y dejarlos a la deriva sin una posición social que reemplace a la anterior.
Esto último guarda relación con lo que se plantea en el artículo “Tribus urbanas: por el devenir cultural de nuevas sociabilidades juveniles”, de Raul Zarzuri, cuando dice que “Frente a este fenómeno (la delincuencia juvenil), la opinión pública ha mostrado un creciente nivel de preocupación, pero no se cuenta -en este momento- con una batería interpretativa de la problemática que contribuya a caracterizar y entender en profundidad el suscrito fenómeno
[2]” y luego agrega que “No obstante, la emergencia y proliferación de las Tribus Urbanas se deja comprender mucho más eficazmente cuando las consideramos como la expresión de prácticas sociales y culturales más soterradas, que de un modo u otro están dando cuenta de una época vertiginosa y en constante proceso de mutación cultural y recambio de sus imaginarios simbólicos. Proceso que incluso comienza a minar las categorías con las cuales cuentan las ciencias sociales para abordar la complejidad social, y que particularmente en el caso de las nociones ligadas a la juventud la realidad parece desbordar más rápidamente los conceptos con los que se trabaja. Por lo cual se hace necesario y urgente generar una aproximación reflexiva encaminada a superar dichos desajustes.”[3]

Rol sociológico

En el artículo “Del rol estático a la posición dinámica en el desarrollo de las prácticas del trabajo social” de Rodolfo Nuñez, se establece que rol es un “concepto sociológico con que se designa el conjunto de expectativas que regula el comportamiento de un individuo en una situación dada. El rol y status son dos aspectos de la posición social: los individuos representan o desempeñan roles y ocupan o llenan un status."
Desde la antropología simbólica se ha planteado que los individuos guían sus acciones en función de una serie de roles y representaciones sociales cuyas formas se han ido dibujando cultural y socialmente. En este sentido, el análisis de los actos o la conducta de un individuo o de un grupo debe considerar a qué rol o posición social está respondiendo. Los actos delictuales en este caso y la actitud de un joven delincuente pueden verse como una representación, en dónde los símbolos y códigos son de suma importancia.
Por ejemplo, durante nuestra visita un tutor nos comentó que había tenido que castigar a los chicos ese día quitándoles a todos las zapatillas y autorizándolos sólo a usar las sandalias que les da el establecimiento. El tutor decía que para ellos eso era terrible, y en cierta manera es comprensible por la jerarquía que el calzado muestra. En un artículo de la tercera se hizo una indagación en varias tiendas de calzado y se llegó a la conclusión (algo apresurada por cierto) de que habían diferentes marcas y modelos para cada tipo de delincuente y que tenían derecho a usarlas en función de la gravedad y violencia de los actos delictuales que habían cometido. Esto, que parece ser un dato menor, nos remite a un tema bastante más profundo, porque tiene que ver con una estructura interna que es jerárquica y que los lleva a tener líderes a quienes admiran y a tener motivaciones de ascenso de status entre sus pares. En el relato de Morel, cuando llega al momento álgido de su biografía, es decir, el momento en que finalmente es aceptado con honores dentro del grupo, se puede observar muy claramente este fenómeno.
“Me intrigó. Decidí esperar. Los chicos me miraban con respeto. Me ofrecieron café. (los líderes) Llegaron a la madrugada. Venían acompañados por varios ladrones de otros barrios. El Gitano y el Zanahoria me tendieron la mano. No sabía bien cuál mano debería estrechar primero y me sentía extrañado por que no es ese el saludo de un hampón: cuando mucho lanza un escupitazo, encoge los hombros y dice: “¿qué tal?” opté por responder primero el saludo del más líder.(…) Se quedó mirándome sin soltarla, paseó los ojos en torno de los otros que parecían soldados romanos tras de su César y con sincera firmeza en el acento dijo: ahora sí Toño. (…). (El segundo líder, Gitano dice) muchachos este es el Toño. Se poltó ayél. La hizo como tóo un hombre (…)Me sentí sumamente halagado, pero ahora, en realidad, veo que no había calculado este resultado cuando organicé la fuga del Reformatorio. A estas alturas de mi vida me doy cuenta que el Ñato Tamayo tenía toda la razón cuando me aconsejó que los importante era lograr autenticidad en los actos. Cuando en verdad actúe a favor del grupo, sin tratar de impresionarlo y cuando mi batalla fue contra la Ciudad, sólo entonces el Grupo me aceptó y me concedió el carácter de líder”. (pág.347)
Según lo expresado por Morel en la comunidad delictual las expectativas de conductas sobre sus miembros es de suma importancia para la sobrevivencia del grupo. Esto, entre otras cosas, por lo delicado que es la posición social que este grupo ocupa y el riesgo permanente al que está expuesto. Así, Morel da a entender que existe un estricto código conductual al que los delincuentes deben atenerse para mantener una posición respetada en el grupo y no ser excluido o dejado de lado.
Siguiendo con la idea de rol, el mismo artículo anteriormente citado expresa que
"En virtualmente todas las transacciones grupales los participantes interactúan simultáneamente en dos funciones: en cuanto miembros que desempeñan roles y en cuanto seres humanos únicos. Cuando desempeñan roles convencionales, los hombres actúan como unidades de una estructura social. Hay consenso sobre las contribuciones que cada actor debe hacer y la conducta de cada participante se halla circunscripta por expectativas que se derivan de normas culturales. Cada persona se categoriza a sí misma y a los demás, recuerda los modelos apropiados de conducta que ha aprendido a través de su participación anterior en circunstancias similares y responde entonces a sus obligaciones. La acción concertada progresa así según una norma preestablecida. Cada persona puede ubicarse en el reparto del drama en el que desempeña un papel y desarrolla así una concepción operativa de lo que debe hacer”
[4]
Es importante recalcar entonces que el grupo al que se quiere comprender en la criminología no es un grupo anormal o una anomalía social como muchas veces se ha dicho. Es un grupo que por el contrario funciona con toda la estructura y complejidad de cualquier otro de la sociedad y es esta complejidad y delicadeza de matices de la que es necesario hacerse cargo a la hora de penalizar ciertas conductas y pretender reducir los índices de menores que lleven este estilo de vida.

Habitus posición

Existe toda una dimensión de la delincuencia como fenómeno simbólico que tiene mucho que ver con la definición de habitus que realiza Bourdieu. Así, existen un entramado simbólico de roles que muchas veces tienen condensaciones heroicas y que en la práctica actúan como un juego de representaciones y conductas que van esbozando una cultura delictual concreta y una determinada visión de prestigios y jerarquías al interior de la misma.
En el mismo artículo citado anteriormente acerca del rol, se plantea siguiendo las ideas de Bourdieu que “El habitus como sentido de juego, es juego social incorporado, vuelto naturaleza. Al hablar de juego, Bourdieu se refiere a una actividad regulada, que obedece a ciertas regularidades sin ser necesariamente el producto de la obediencia a reglas”.
Por otra parte, la noción de estrategia es el “ producto del sentido práctico como sentido del juego, de un juego social particular, históricamente definido (...). El buen jugador, que es en cierto modo el juego hecho hombre, hace en cada instante lo que hay que hacer, lo que demanda y exige el juego. Esto supone una invención permanente, indispensable para adaptarse a situaciones indefinidamente variadas, nunca perfectamente idénticas. Lo que no asegura la obediencia mecánica a la regla explícita, codificada (cuando existe). Describir por ejemplo las estrategias de doble juego consistentes en ponerse en regla, en poner el derecho de su parte, en actuar conforme a intereses mientras se aparenta obedecer a la regla...".
Esto en fundamental para rebatir el argumento de que los “delincuentes juveniles” son “antisociales” puesto que no es que no respondan a ninguna regla o autoridad, sino que por el contrario están permanentemente sometidos a ellas. La diferencia radica en que esas reglas que siguen son propias de un círculo marginal que funciona con una lógica distinta a la formal.
Por lo tanto, y para sintetizar "el habitus es a la vez un sistema de esquemas de producción de prácticas y un sistema de esquemas de percepción y de apreciación de las prácticas".
Así vemos como en la prácticas loe hechos delictuales se mezclan con las percepciones simbólicas y las concepciones que cada joven va forjando de su entorno y cómo moverse en él de manera de responder a las expectativas sociales que se tiene de su conducta. El que elijan cumplir con las expectativas de sus pares a de su grupo de pertenencia de redes y no de las formales cuando son opuestas es materia de otro análisis pero sería un buen punto de partida para lograr una resignificación de su estilo de vida.
Se podría realizar entonces el cruce entre la noción de habitus y la de posición o rol sociológico y como resultado de tal intersección aparece una gama de posibles interpretaciones o prismas. En el mismo estudio desde donde se han extraído algunos de los conceptos precedentes, se establece una clasificación de diferentes posiciones sociales, en este caso es relevante la definición que se hace de “posición lateral” puesto que se relaciona con las conductas delictuales y posibilita desarrollar una comprensión más acabada de las dinámicas simbólicas y relacionales de grupo que actúan como conductores de la hechos delictuales.
“La posición lateral, funciona en los intersticios de las instituciones, corredores, boliches, los efectos colusivos y de complicidades se dan, en estos espacios. Producen mucho poder o fuerza en el sentido de la construcción de un sistema de complicidades múltiples que se agencia en los colectivos. No respeta jerarquías, ni instituidos y fueron descriptos por Foucault como una serie compleja de ilegalismos, normas, hábitos y usos de costumbres fácticas en lo que se ha llamado como cultura organizacional. Lugar de vínculos de cargas y descargas libidinales, su agenciamiento básico es el poder de lo fáctico”.
Podríamos en este sentido hablar de cierto habitus delictual en donde como veíamos anteriormente hay una serie de reglamentos internos complejos y determinantes. Es necesario interiorizarse más en tales mecanismos para conocer qué está en juego en cada acto delictual. Como pudimos observar en los chicos muchos de ellos se veían insertos en situaciones delictuales como resultado de estar “siguiendo” a pares mayores y con más experiencia. Hay una admiración y como dice Morel, los verdaderos patos malos son muy admirados por los menores que está recién cometiendo delitos leves. Es aquí donde también se inserta la figura del héroe.

Héroe

El concepto de héroe ha sido trabajado desde diferentes enfoques tendencias teóricas. En un artículo que contrasta la realidad de los héroes contemporáneos a la de los personajes heroicos míticos, se destaca que lo héroes contemporáneos surgen de la cultura popular y que son “una suerte de traducción simbólica de los valores privilegiados de la sociedad”. De esta manera se podría pensar la noción de héroe en términos simbólicos supone una condensación de valores consensuados de un grupo o comunidad. En este caso podríamos hablar de un anti héroe. Como se estableció anteriormente la sociedad y sus valores no son categorías monolíticas y es importante recalcar que, de forma contraria a lo que puedan expresar algunos medio de comunicación, la comunidad de menores que delinquen no es un grupo amoral o sin valores. Lo que si ocurre es que sus valores y reglas son diferentes a lo formal y es necesario comprenderlas para poder “reformar” o resignificar sus conductas. Los chicos con los se conversó tenían muy claro por ejemplo a quienes robaban y a quienes no. Uno de ellos de tan solo 13 años aseguraba que él nunca robaba a mujeres ni ancianos. Por otra parte Morel hablaba de que los robos tenían un trasfondo de querer vengarse al algún personaje altivo y prepotente que les recordaba la forma en que la sociedad de comportaba con ellos. Incluso, después de haber publicado ya varios libros y de haberse incorporado al mundo “formal” de la vida social, Morel en una carta a la directora de criminología de la Universidad de Chile reconoce que la gente de la Ciudad no era tan repulsiva como él pensaba cuando era más joven y los veía a todos como seres patéticos y cobardes, pero que aún después de su “reformamiento” “de noche salía por los arrabales y alternaba con las gentes de mi mundo. No podía sustraerme del encanto de mi ayer.” (Pág.14)
Así, podemos ver como la serie de valores y representaciones simbólicas que tiene la comunidad delictual son en realidad antitéticas a las de la sociedad, pero no inexistentes y junto con ellas tienes sus líderes y héroes, como aquellos personajes míticos o reales que mejor representan y condensan esa serie de actitudes o principios que son admirados o bien vistos al interior del grupo.
Por otra parte, un estudio sociológico acerca de la noción de héroe, establece que existen una serie de motivaciones y condiciones para las conductas heroicas. El estudio plantea que:
“Las disposiciones son una serie de estructuras simbólicas constitutivas de sentido que el sujeto posee en su sistema de percepción y que fueron construidas durante su historia de vida; son los esquemas interiorizados que permiten la acción y que fueron elaborados durante su proceso de socialización. En un momento dado, bajo una estimulación particular, se "activan" algunos aspectos que desarrollan enormemente la posibilidad de convertirse en héroe”.
Así, el conocer cómo se construyen en el imaginario de los menores estos modelos históricos y qué importancia le atribuyen, es también necesario, puesto que para que dejen de cometer hechos delictuales, en necesario que primero puedan generar un cambio en las concepciones simbólicas dentro de las cuales esos hechos tienen sentido e importancia.

A modo de cierre

A pesar de que legislativamente no se observa un reconocimiento más acabado del proceso de cambio que supone el dejar de delinquir, sí existen otras iniciativas sociales periféricas que parecen haber resuelto de mejor manera esta temática. Un ejemplo de esto es el video Equm, donde se muestra la intervención social que realiza la organización chilena del Circo del Mundo, cuya principal función es trabajar con jóvenes en riesgo social entregándoles herramientas y la posibilidad de construir un nuevo código conductual y pertenecer a un grupo con una validación y posición diferentes. Ligado al arte y al quehacer circense, los jóvenes encuentran una nueva confirmación de identidad que les permite adquirir posición y reconocimiento entre pares en otra esfera de la acción.

Bibliografía
· Gómez Morel, Alfredo. El Río. Ed. Talleres de Arancibia Hnos. 1963. Santiago de Chile.
Webgrafía
·
http://www.naya.org.ar/congreso2000/ponencias/Raul_Zarzuri.htm
· http://www.cybertesis.cl/tesis/uchile/2004/alvarez_c/sources/alvarez_c.pdf
· http://www.myriades1.com/vernotas.php?id=157&lang=es
·
http://www.ugr.es/~pwlac/G19_12Hugo_Jose_Suarez.html
· http://www.campogrupal.com/rol.html
·
http://pdf.rincondelvago.com/investigacion-cientifica-sobre-la-delincuencia-juvenil-en-santiago-de-chile.html


[1] http://pdf.rincondelvago.com/investigacion-cientifica-sobre-la-delincuencia-juvenil-en-santiago-de-chile.html

[2] http://www.naya.org.ar/congreso2000/ponencias/Raul_Zarzuri.htm

[3] http://www.naya.org.ar/congreso2000/ponencias/Raul_Zarzuri.htm

[4] http://www.campogrupal.com/rol.html

La dimensión sociocultural del delito: Entrevistas a adolescentes del Centro de Internación Provisoria de San Joaquín

Mauricio Cortez
Presentación.

En el Chile actual se encuentran dos gravitantes tendencias cuyo eje es ser aspectos mediáticos, una es el crecimiento sostenido en las tasas de delito, a un 12% anual aproximadamente
[1]; y la otra son las reformas modernizadoras del Estado, tales como las que competen al ámbito de la educación, transporte y justicia. Ambas aristas son expresión de los procesos de continuidad y cambio que atraviesa el país en los últimos años, y que permiten refrescar los contenidos del pacto social, principalmente de las problemáticas y adecuaciones entre modernización y cultura local (regional, nacional, sectorial, barrial, entre otras).

El presente proyecto de investigación antropológica, realizado en el Centro de Internación Provisoria (CIP), ubicado en la comuna de San Joaquín, correspondiente a la Región Metropolitana, pretende conocer algunos aspectos socioculturales de los imputados en el marco de la reciente implementación de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente (Nº 20.084), la cual, entre sus elementos distintivos, suprime el concepto de discernimiento e introduce el de responsabilidad (fijada a los 14 años), separa a los adolescentes de los adultos, y tiene como finalidad la protección integral de los niños en virtud de la Convención Internacional Sobre los Derechos del Niño, así como, fundamentalmente, la “integración social.”
[2]

El Centro cuenta con una población penal de 153 niños y adolescentes –solo hombres- de entre 14 y 18 años repartidos en 8 “casas” separadas por rejas y rodeadas por una línea perimetral protegida por gendarmería. Al interior se ubica un espacio distinto a las casas destinado a cumplir con la escolaridad pertinente y otro para el trabajo manual en carpintería.

Esta investigación busca conocer, a través de entrevistas realizada a los menores imputados, sobre diversos aspectos socioculturales relativos a sus modos de vida previos a su sanción privativa de libertad en el CIP, tales como los tipos de vínculos y redes sociales a las que pertenecían, es decir, su composición familiar y de pares, así como su relación con el resto de las organizaciones sociales; su posición dentro de esos esquemas; su territorio, entendido como la construcción cultural de significados espaciales y su relación georreferencial con el delito.

Sin lugar a dudas, el abanico es enorme e imposible de abordar en profundidad en una investigación como ésta, no obstante, puede ser preferible en un estudio exploratorio-descriptivo expandir la mirada antes que pretender explicar un fenómeno específico sobre el cual no se conocen a cabalidad las eventuales relaciones internas, ni desde una perspectiva estructural ni fenomenológica. Así entonces, se busca aquí trazar un esbozo que destaque lineamientos socioculturales que permitan, luego, formular las preguntas e inquietudes adecuadas para la explicación del comportamiento social.
Introducción.

Problema y Justificación de la Investigación.

Los CIP, derivados de SENAME (Servicio Nacional de Menores), y finalmente del Estado, operan como intervenciones sociales en el sentido de su pretendida intención dirigida a modificar sistemáticamente una situación dada, considerada como disfuncional, deficitaria o cualquier otro término semejante, hacia una mejora paulatina de dicha situación en el tiempo. Para ello, cuenta con paradigmas de intervención, conceptos asociados y pertinentes a dicho paradigma - que definen cada ámbito de la realidad intervenida-, metodologías y recursos
[3].

Este amplio contenido cuenta con un modelo constituido por definiciones normativas, elaboradas por un diverso espectro de actores sociales, según el cual se califica la situación a intervenir como de mayor o menor anormalidad, complejidad y/o peligrosidad. Además del contenido etnográfico, trabajado con profundidad en el artículo de Claudio Contreras, ocurre en este tipo específico de intervenciones el ejercicio legítimo de la violencia simbólica y física como mecanismo de control social por parte del Estado. Violencia por los conceptos que definen el campo del comportamiento social adecuado, con la consiguiente estereotipación y/o invisibilización de sectores, costumbres, creencias, etc., así como del evidente control armado de los centros de reclusión por parte de gendarmería. La violencia ilegítima del menor detenido es contenida por una legítima fruto del contrato social en virtud del cual consideramos lo apropiado y lo inapropiado.

La intervención
[4], en este caso particular, apunta y se caracteriza por “la protección integral [de la infancia y adolescencia] fundada en la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño [así como, más específicamente, centrada en] Liderar, promover y fortalecer un Sistema Nacional de Protección de los Derechos de los niños, niñas y adolescentes vulnerados y de responsabilización de los infractores de ley, a través de programas integrales de atención que permitan una oportuna restitución y reinserción social, con un enfoque intersectorial, territorial y de calidad”. Asimismo, tratándose o no de infractores de ley, los principios rectores del accionar de SENAME, consideran al niño/a o adolescente como el “centro de la intervención (…) reconociéndoles la misma voluntad de constituir su propio ser y la necesidad de ser reconocido en la relación con otros, como acontece con todo ser humano. Considerar [desde la integralidad] las diversas áreas de desarrollo, la relevancia del contexto familiar y comunitario y el bienestar de –sus- distintas dimensiones”[5].

Desde el punto de vista de la territorialidad, se pretende “un espacio relevante para construir cultura, identidad, pertenencia. [El] empoderamiento de comunidades es garantía en el largo plazo de logros sustentables en protección de la infancia. Conocer a fondo la realidad de la infancia en los territorios. Articulación efectiva de los servicios hacia la infancia y adolescencia”
[6].

Las intervenciones, siguiendo los planteamientos de Tedesco
[7] en el ámbito de la educación, tensionan la realidad sociocultural en virtud de su modelo normativo de transformación y desarrollo, invisibilizando lo distinto desde su potencial efecto disruptor[8].

Este proceso de negación de lo Otro (entiéndase por lo socioculturalmente local) por lo tanto, perjudica la comprensión del fenómeno al ocultar las características propias de aquellos aspectos culturales no considerados por el estrecho orden –como paradigma- de la norma socialmente aceptada –todo esto en referencia a aquello a lo que SENAME se refiere por “territorio”-, por lo tanto des-integrando a los actores sociales involucrados en el proceso general de convivencia colectiva, dificultando o entorpeciendo el conocimiento de los aspectos a intervenir.

¿Hasta qué punto es posible tensionar la cultura para que encaje dentro de los marcos de la norma, de la reinserción?, es decir, modificar hábitos, vínculos, ideales, valores, identidades, visiones de mundo. ¿Qué tanto conocemos de estos niños y adolescentes –de su cultura-, como para creer que dicha tensión/intervención está usando los conceptos y métodos apropiados? ¿Qué impedirá, en consecuencia, que se escapen de los centros de reinserción, capacitación y vuelvan a delinquir? O, más profundamente ¿Bajo qué condiciones creemos que es posible la reinserción si desconocemos, precisamente, las condiciones socioculturales y locales de donde emergen?

Para intentar resolver estas preguntas, la presente investigación tratará de reconocer una serie de aspectos socioculturales (tipos de vínculos, territorio, status, saberes) de algunos adolescentes del CIP, con el fin de problematizar la pertinencia de las intervenciones (paradigmas) basadas en la creencia de que los procesos de perfectibilidad del orden social esperado son efectivos antes de considerar la cultura o subcultura que pretenden tensionar.

Antecedentes teóricos.

Los vínculos entres los seres humanos se han caracterizado por estar normados de maneras particulares en cada cultura, ya sea porque la tradición de dichos sitios así lo indica o bien debido a que está expresamente estipulado por la ley.
En los albores de la antropología, Main, señalaba que no existía algo así como el derecho en las sociedades más tempranas o primitivas, sino que la norma se expresaba a través de la costumbre, es decir, mediante el status. Los derechos y deberes estaba prescritos por el lugar que ocupara dentro de su comunidad o dentro de su grupo parental. Las sociedades más avanzadas, o civilizadas, por su parte, sí contarían con derecho propiamente tal, es decir, con normas definidas racionalmente redactadas en códigos.
Para Durkheim, ahora bien, en las comunidades primitivas operaba la solidaridad mecánica, vale decir, en donde los sujetos mantienen sus reglas de comportamiento que son aceptadas en torno a creencias compartidas por todos. Se caracteriza este modelo por mantener a las personas altamente cohesionada.
Malinowski postulaba luego de su trabajo de campo en las islas Trobriand que los sujetos sí percibían deberes y compromisos que definían su comportamiento, y que eran respetados, sobre todo se basaban en la reciprocidad. En este mismo sentido posteriormente Mauss escribiría su ensayo sobre el don. En este sentido, Malinowski consideraba que esta serie de obligaciones y derechos se podían separar del resto de las costumbres.
Radcliffe-Brown, profundizaría esta noción argumentando que existe además de los vínculos basados en la obligación y el derecho, cierto control social en las sociedades organizadas políticamente, considerado este control como cualquier acción que reestablezca el orden social, es decir, que contribuya a mantener la estructura social.
Como orden, o como interacción social, en antropología se ha situado al derecho en el plano de la estructura social (al menos en la escuela británica), entendida ésta como la relación de status y contratos más o menos estables en el tiempo.
Este sentido permite suponer que las representaciones y conductas habituales por parte de los individuos tienden a mantenerse de manera estable, es más, la serie de interacciones sociales mayores contribuye a mantener el status quo de las situaciones en tanto le sea funcional a la conservación del todo.

Marco Conceptual.

Desde una perspectiva general, en ciencias sociales se encuentran tres visiones acerca de los fenómenos de la conducta: la estructural, la de redes y la de significados. Cada una contiene y en cierto modo permite explicar a la otra, no obstante, cada cual permanece en lugares separados al momento del análisis. La estructura ha sido tratada fundamentalmente por Marx para explicar, entre otras cosas, a la historia y en ella a las relaciones de producción con su consiguiente y célebre frase de la “explotación del hombre por el hombre” derivada de su elemento estructural fundamental: la propiedad privada. Antropólogos, a su vez, como Radcliffe-Brown y los asociados a la escuela británica de comienzos del pasado siglo, hablaron de la estructura social como la finalidad que persigue el estudio en –como le llamaban- “sociología comparada”. En un sentido distinto, Levi-Strauss, ubicó la estructura en la mente de los sujetos, en una analogía al estructuralismo lingüístico de Saussure.

El estudio sobre redes es mucho más reciente y se traduce en la recurrencia de relaciones sociales, lo cual, en términos de Porras (2005) quiere decir que: “El dato relacional surge de la comunicación, colaboración, transacción, valoración, etc., existente entre un número determinado de “nodos”, sean éstos organizaciones o personas, colectivos o individuales, humanos o artificiales. A partir de estos datos y de su procesamiento es posible reconstruir la existencia de las redes sociales que vinculan directa e indirectamente a todos los nodos.”
[9] Asimismo, Lomnitz (1975), lo ha utilizado para explicar las relaciones de poder que se dan al interior de las estructuras sociales.

El estudio del significado es mucho más amplio e incluye a otras disciplinas del campo de la estética y la filosofía, y se relaciona con la tradición fenomenológica heredera de Husserl (1962), derivada luego en sociólogos tales como Berger y Luckman (2003) o Schutz (1998), asimismo en antropología de la mano de Geertz (1997), entre otros. El mencionado Schutz, por ejemplo, lo traduce del siguiente modo: “Todo nuestro conocimiento del mundo, tanto en el sentido común como en el pensamiento científico, supone construcciones, es decir, conjuntos de abstracciones, generalizaciones, formulaciones e idealizaciones propias del nivel respectivo de organización del pensamiento. En términos estrictos, los hechos puros y simples no existen […] por consiguiente, se trata siempre de hechos interpretados”
[10]

Los fenómenos socioculturales, para el presente caso, estarán situados en dos de estos aspectos: las redes y el significado. Con lo primero se busca conocer las distintas relaciones entre las cuales los niños y adolescentes realizan su vida cotidiana, distinguiendo que cada vínculo es específico, es decir, que se dan intercambios que no se dan en otros vínculos de los mismos sujetos y que, además, adquieren significados particulares para los participantes contribuyendo a generar un “universo de sentido” al interior de la red social que se escapa a la visión externa. La recurrencia de vínculos será la que permita reconocerla como perteneciente al campo de lo social, en tanto que su sentido, al cultural.

Las redes, ahora bien, se pueden localizar en lo que se ha denominado como territorio, el cual puede ser definido como “un espacio construido por los grupos sociales a través del tiempo, a la medida y a la manera de sus tradiciones, pensamientos, sueños y necesidades”
[11], es decir, la espacialidad que el grupo dote de significado y en el cual se den relaciones sociales frecuentes que establezcan distinciones al interior de este espacio y que lo diferencien del resto de los espacios.

En este sentido, durante los años cuarenta en Estados Unidos, Shaw y McKay (1942) descubrieron que los delitos no se distribuyen al azar en el espacio urbano, sino que siguen patrones, a estos espacios les denominaron “áreas desviadas”, las que permiten georreferenciar el territorio
[12]. Estas áreas se caracterizaban por presentar uno o dos de los siguientes factores:

a) Factores situacionales: zonas atractivas tales como centros comerciales o bien lugares poco iluminados.
b) Factores sociales: zonas que concentran problemas sociales, tales como altos índices de desempleo, bajos niveles de participación, entre otros
[13].

En las redes, tanto parentales como de pares y con otras formas de agrupaciones humanas, tanto como en el territorio, se expresan conocimientos, sentimientos, símbolos, conductas, jerarquías, rituales, códigos, que interactúan cotidianamente conformando en el tiempo culturas particulares, unidades inseparables enraizadas en las personas que la conforman y que le dan existencia. Estas culturas tienen, en este caso de estudio, la particularidad del ejercicio delictivo, por lo cual es posible situarlo territorialmente.

Metodología.

De tipo cualitativo, la metodología empleada en esta investigación consistió en visitar una vez a la semana, los días viernes, durante el período de una a tres horas, el Centro de Internación Provisoria, en donde se desarrollaron entrevistas semi-estructuradas a distintos jóvenes imputados. Estas entrevistas fueron realizadas a veces en compañía, y otras sin nadie más, todas ellas, en oficinas ubicadas al interior del mismo Centro.

Las entrevistas no fueron grabadas y tuvieron un grado de dificultad medio, debido a la circunstancia en la cual se realizaba: entrevistador-imputado, en donde este último se encuentra en una situación legal en suspenso, lo que eventualmente podría generar desconfianza mutua.

No obstante lo anterior, muchas de las conversaciones se realizaron de manera amena y sin mucha resistencia por parte de ambos agentes comunicativos, aún cuando es necesario reconocer que la profanidad alcanzada durante cada entrevista fue muy baja.

Se realizaron 9 entrevistas, de las cuales, podría decirse, en solo dos o tres se tuvo un grado de éxito relativamente bueno. A cada joven se le realizo una sola entrevista, esto debido a que de acuerdo a sus procesos se encontraban allí solo de manera transitoria.

De este modo, la técnica de registro fue la libreta de campo.

Objetivo General:

Conocer, desde una perspectiva sociocultural, algunos elementos de la vida cotidiana -previos a la privación de libertad- de adolescentes infractores de ley detenidos en el Centro de Internación Provisoria de la comuna de San Joaquín, en el marco de la implementación de la Reforma de Responsabilidad Penal Adolescente

Objetivos Específicos:

- Construir un patrón general –modelo- de redes sociales, reconociendo las posiciones (status, roles) que cumplen al interior de ellos.

- Conocer la relación entre territorios socioculturalmente construidos y delito (georreferenciación).

Resultados.

Los jóvenes que cruzan sus vidas con el Centro de Internación Provisoria visitado, u otros detenidos en Centros similares, tienen distintos vínculos o, como sostiene Analia Latorre
[14], configuraciones vinculares, que existen no solo como manifestación concreta de relaciones de status al interior al interior de la estructura social o de sus redes, sino también en torno a representaciones que desde otros sitios de tienen de ellas y que ellos mismos tienen de sí.

En ambos casos estamos frente a sujetos estigmatizados, del modo en que lo entiende Goffman
[15], como una “situación del individuo inhabilitado para una plena aceptación social”, la cual se fundamenta en ideologías que explican o justifican su determinación social. Los normales, o “Todos aquellos que no se apartan negativamente de las expectativas particulares…”, prosigue el mismo autor, se relacionan continuamente con estos jóvenes de distintos modos: son algunos amigos, algunos familiares, los tíos del Centro, y en general la gente “trabajadora” (Danilo) que, no obstante, perciben mensualmente mucho menos dinero que ellos –al menos de los que aceptaron delinquir como modo habitual de vida-.

Dentro de las personas cercanas a estos jóvenes, pero que son parte de los normales, generalmente se relaciona con ellos de manera sancionadora, pero de forma amable, desde su posición “especial” con respecto a ellos. De cierta forma los conocen sin pertenecer a su grupo directo: los amigos.

Se juntan en la calle la mayor parte del tiempo, en grupos de amigos que van desde los 5 hasta las 30 personas, se conocen desde la infancia y muchos de ellos han pasado al menos una vez por Centros como el mencionado aquí.

Como se ha visto, el primer modelo de configuración vincular puede ser planteado como círculos concéntricos, en donde lo más lejano está compuesto por las personas asaltadas, generalmente hombres de mediana edad, a quienes les roban billeteras y objetos tecnológicos como celulares. No tiene mayor relevancia en la elección del sitio la cantidad de gente que por ahí transite o se encuentre, puede ser un paradero de micro o una calle, algún borracho o parques.

Esta escala del círculo constituye la primera relación directa (persona a persona) en donde los sujetos definen sus roles y su posición en la estructura social. Hay otra, indirecta, en donde se relacionan solo en cuanto a su status – y su representación simbólica- en cuanto a la trasgresión de la norma que su existencia supone, y son las políticas de Estado y los medios de comunicación de masas, quienes debido a su naturaleza homogeneizadora, tienen una relación de comunicación social de definición y objetivación de estos jóvenes.

Un segundo círculo está compuesto por familiares y funcionarios del Centro, quienes –estos últimos- a pesar de ser ajenos a sus redes directas, tienen cierta complicidad con ellos puesto que los conocen más, como dicen Ángel: “Me conocen desde chiquitito”.

Algunos tíos reconocen no tener expectativas en el proceso de reinserción, puesto que, desde su lugar privilegiado de contacto directo con los muchachos, conocen que los factores que motivan el delito son profundos: son apoyados por su familiares pues muchas veces son el sostén de sus hogares, ganan mucho dinero, les permite mantener una relación de status en su grupo de pares.

En general los familiares no dejaban de faltar en los días de visita, les llevaban comida y les proporcionaban distracción. La mayoría de los entrevistados reconocían una deuda afectiva con su familia por el mal rato pasado, pero también algunos parecían no mostrar mayor aprehensión ni culpa, como Franco, quien era parte de una familia casi completa de infractores de ley. Su hermano, en silla de ruedas luego de un altercado, era un símbolo para él de su destino si seguía manteniendo su comportamiento.

La relación con la “polola” puede considerarse dentro de este círculo, pues a pesar de permanecer generalmente cerca de los jóvenes, no participaban o no sabían de las conductas delictivas, sin embargo muchos de los frutos de esa práctica las tenía a ellas como principales beneficiadas, puesto que recibían muchos y caros regalos.

El círculo más íntimo está compuesto por los amigos, con quienes se roba, juega a la pelota, defienden de otros grupos, consumen drogas, regalan dinero. En este círculo es en donde los jóvenes demostraban mayor compromiso, afectividad, emoción en el relato, alegría, todos estos, asuntos que para los “normales” son propios de las relaciones familiares propiamente tal.

Analia Latorre sostiene al respecto que: “en condiciones de pobreza extrema en que viven amplios sectores de población encuadrados en un mismo territorio, se produce espontáneamente una reorganización de la composición familiar, modificándose los roles, tamaño y cantidad de generaciones en convivencia, el tipo de autoridad, el lugar de residencia y el tipo de miembros en convivencia (consanguíneo directos, indirectos, políticos, o la introducción de personas sin parentesco). Muchas veces es la prole la proveedora de los elementos para la subsistencia, en una inversión de roles que se jugará en una trama vincular profundamente alterada por el fenómeno”.
La mayor parte del tiempo estos jóvenes lo pasan en la calle son su grupo de amigos, ocasiones en las cuales hay peleas tanto internas como con gente del exterior, otros grupos, narcotraficantes, policías.
“La adolescencia involucra una serie infinita de cambios a todos los niveles que hacen crisis en el desarrollo y conducta del ser humano. El hecho de buscar una ubicación en un mundo que les es ajeno porque parece ser del dominio absoluto de los viejos, provoca una inestabilidad emocional y psíquica que los aísla y sumerge en un universo personal, que les hace cuestionar y rechazar los valores de la sociedad de la que forman parte. Constituyéndose en estas masas, tienen la sensación de que no son ajenos, pertenecen a la banda, en sustitución de la familia. De esta manera, la soledad les obliga a identificarse con otras personas que comparten las mismas sensaciones, se agrupan, llevados por una necesidad de protección, con otros adolescentes que participan de la misma automarginación. Este fenómeno infunde un sentimiento de pertenencia al grupo y un sentimiento de rechazo a la sociedad” (Domínguez Lostaló 2001)
[16].
“Contribuye a la constitución de este mundo la radicalización de hábitos que estaban presentes en ese ámbito cultural (consumo de alcohol, violencia), creando las rutinas necesarias para la seguridad del yo” (Rossini 2003: 101)
[17].
El proceso de socialización, en este sentido, está determinado tanto por la posición que se ocupa en la estructura social general, en donde ocupan un lugar inferior asociado a barrios, ingresos monetarios, costumbres, vestimenta, entre otros, como por las relaciones vinculares inmediatas, la cual entreteje a la familia y el grupo de pares, en donde en este último se adquiere parte importante de la identidad.

Llama la atención en este incipiente modelo de círculos concéntricos el alto contenido emocional del proceso general, demostrado por la elevada ansiedad que demuestran los jóvenes en cada situación de sus vidas, desde la cotidianeidad, en donde peligran por las continuas peleas (que incluyen armas) que se dan en la calle, hasta su momento de privación de libertad, en donde temen ser atacados por sujetos de bandas rivales o enviados por ellas. Podría agregarse a esta lista los momentos en que son golpeados por personas asaltadas o por carabineros.

El momento mismo de los asaltos son para muchos de ellos instancias emocionalmente liberadoras, así como cuando se drogan. Varios mencionaron que se drogaban para relajarse.
La tesis de Latorre no parece extraña luego de estos antecedentes, ella sostiene que: “La calle (o la vida que transcurre tempranamente fuera del núcleo familiar) es un espacio de socialización, un organizador y una matriz de vínculos y relaciones de solidaridad, evasión y defensa. Las relaciones "verticales" que suponen un principio de autoridad y encuentran su matriz en la dimensión de la filiación se evidencian o bien, dentro del afrontamiento imaginario, "primario", como dominación y fuerza (quién es más fuerte) o bien como subordinación a ciertos códigos del grupo de "la calle" (protección recíproca, de asociación, incluso de interdicciones sexuales dentro del grupo). Pero aún esa asociación de ayuda y protección mutua es inestable y no resiste bien las condiciones de precariedad y vulnerabilidad propias de la "desafiliación" social y familiar”.
Ciertamente no están en una situación de seguridad, pero sí al menos una mayor a la que comparten dentro de la estructura social general, de cierta forma su lugar está claro, las lealtades también, los enemigos, la rutina, los modos de escape, de descanso. Hay cierto control sobre sus propias vidas que tal vez no tendrían al estar sujetos a la realidad social impuesta desde la normalidad.

Comentarios Finales.

Quisiera concluir de manera lo más específica posible, añadiendo a los resultados finales solo unas cuantas consideraciones de índole personal.

Realizar esta investigación es un ejercicio de “suspensión del juicio” bastante difícil de hacer, puesto que los sujetos con los cuales se realizó esta investigación me generan rechazo en mi diario vivir, ya sea porque han asaltado a personas queridas para mí o bien porque yo mismo me he visto en situaciones molestas. Ciertamente que no los mismos entrevistados, pero sí otros del mismo status social. Lo cual me sitúa en una relación de complicidad con las políticas públicas y las ideologías que justifican el castigo y el encierro y tantas otras prácticas desacreditadoras de la dignidad humana como la estigmatización.

Siendo cómplice tanto del Estado como de la antropología, mi alternancia de estados anímicos o reflexivos en torno a ellos fluctuó entre la sincera comprensión en el diálogo cara a cara, hasta la alegría por verlos encerrados. La neutralidad y tranquilidad la ofreció el intento de comprenderlos en tanto fenómenos sociales, que es al fin y al cabo el objeto de esta investigación.

En este sentido, creo que centrarse una óptima familia nuclear o en la voluntad personal de capacitarse y trabajar por parte de las políticas públicas va muy en contra de la realidad sociocultural que alcancé a conocer a través de unas breves horas de conversación, en donde tales familias no siempre existen y no influyen decisivamente en los caminos elegidos por los jóvenes. En donde, asimismo, el dinero ganado y por tanto las oportunidades y opciones de vida son mucho mayores robando que trabajando como cualquiera.

No parece claro que las opiniones de los trabajadores de Sename y los familiares directos contribuyan a mejorar la situación a partir de su más cercano conocimiento de los casos.

El modelo parece ser estático: familia nuclear, trabajo remunerado en condiciones de desigualdad, educación homogeneizadora, fuerte vigilancia, castigo y encierro, distanciamiento entre la política pública y la realidad sociocultural, sólida -rígida- estructura legal y moral de la sociedad.

En esta situación en donde parece no haber estímulos para intentar comprender la vida de lo “anormal”, pues parece innecesario para la institucionalidad, la antropología puede contribuir a visualizar otros modos de conocimiento enfocándose en la descripción de lo existente y no en los modelos abstractos fundados desde la especulación funcional.

Sinceramente espero nadie más tenga que estar encerrado viendo deprimido cómo pasan las horas. También quisiera que nadie tuviese que andar con miedo por las calles. Sin embargo, nuestra forma de vida no parece indicar que esto vaya a ocurrir. El panorama es desolador.

Concluyo nombrado a los jóvenes con quienes pude conversar. A pesar de su posición social, son la única puerta abierta para conocer aspectos que nos puedan eventualmente ayudar como sociedad. Ellos son: Jacob Bustos, Ángel Durán, Luis Inostroza, Franco, Matías Ibarra, Sandro Orellana y Miguel.

Bibliografía.

- Schutz, Alfred (1998 [s/f]): El problema de la realidad social. Buenos Aires. Amorrortu editores.

- Goffman, Erving (2005): Estigma, La identidad deteriorada. Buenos Aires. Ed. Amorrortu.

- Sename (2005): Efecto de los Programas del Sename en la Integración social de los niños y niñas. Documentos.

- Vargas, O. Gonzalo (s/f): Delincuencia en Chile: Tendencias y Desafíos y Hein, Andreas (s/f): La Georreferenciación como herramienta para el diagnóstico de seguridad ciudadana en el ámbito local, en: Revista Paz Ciudadana, números 1 y 2.

- Tedesco, Juan Carlos (s/f): Escuela y Cultura, una relación conflictiva. Apuntes de clases Antropología de la Educación, 2007.

Webgrafía.

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www.sename.cl. Revisado el 07/10/2007

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www.pazciudana.cl. Revisado el 07/10/2007.

- Latrorre, Analia (2006): Configuración vincular en adolescentes en riesgo social. Universidad Nacional de la Plata. Revista Gazeta de Antropología. En: http://www.ugr.es/%7Epwlac/
[1] Gonzalo Vargas Otte, Gerente General Fundación Paz Ciudadana, presenta estas y otras considerables cifras en un artículo titulado: “Delincuencia en Chile: Tendencias y Desafíos”, en el primer número de la Revista de dicha Fundación.
[2] Artículo 20 de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente. Además de la integración, la ley busca la Responsabilización, la reparación del adolescente, la habilitación y la inclusión social (Sename).
[3] Desde 1979, Sename ha intervenido en el marco de la Ley de Menores, basada fundamentalmente en la Doctrina de Irregularidad Social, lo que implica un enfoque asistencialista y que apela que las instituciones se hicieran cargo de los menores sustituyendo el rol de las familias, consideradas disfuncionales para su crecimiento y desarrollo. En: “Efecto de los Programas del Sename en la Integración social de los niños y niñas”, 2005, en www.sename.cl.
[4] Ver Anexo : Metodología de Intervención (SENAME)
[5] www.sename.cl
[6] Ibíd.
[7] Tedesco, Juan Carlos, Escuela y Cultura, una relación conflictiva. Apuntes de clases.
[8] Pese al proceso exitoso de modernización del país, los elevados índices de escolaridad y expectativas de vida, así como la progresiva terciarización de la economía, entre otros aspectos, el desarrollo ha aumentado, asimismo, la desigualdad, la pobreza y la delincuencia.
[9] Pag. 5-6.
[10] Schutz, Alfred (1998 [s/f]): El problema de la realidad social. Buenos Aires. Amorrortu editores. pp.36-37.
[11] Rastrepo, s/r.
[12] Hein, Andreas, “La Georreferenciación como herramienta para el diagnóstico de seguridad ciudadana en el ámbito local”, en el segundo número de la Revista Fundación Paz Ciudadana.
[13] Ibíd.
[14] Latrorre, Analia (2006): Configuración vincular en adolescentes en riesgo social. Universidad Nacional de la Plata. Gazeta de Antropología

[15] Goffman, Erving (2005): Estigma, La identidad deteriorada. Buenos Aires. Ed. Amorrortu. Pág. 7 y 15.

[16] Latorre, A. Op.cit.
[17] Ibidem.