Katherine Fritis
Soy provinciana en la capital. De todas formas hice de guía turística para unos amigos estudiantes de Arqueología de Iquique que venían del Congreso de Arqueólogos realizado en Valdivia hacía algunos días, cual Pericos, trepando por Chile. Largo trayecto del extremo sur al extremo norte que merecía una detención en
Supuse que podría asistir sin mayor problema, puesto que estaría abierto a todo el público de forma gratuita y además me habían convidado amablemente. Me equivoqué. Al llegar a la puerta el día y hora señalada, no tenía “Tarjeta de Invitación” y la dama a la entrada me dijo de forma muy cordial que me retirara. Yo mentí muy sofisticadamente que la había perdido, pero que de todas formas la señora Erika me estaba esperando adentro. Para evitar el taco humano que produje, me hizo pasar -menos mal que nadie pudo acompañarme ese día-. Estaba ansiosa porque los iquiqueños me habían echo muchos comentarios del montaje, buenos y malos. Eché un vistazo a los de la fila y después mire mi ropa, de pronto quise huir, no me había preparado para la ocasión, todos vestían formalmente. Mi curiosidad estaba al límite y decidí seguir. Entré al primer patio y un muchacho vestido de mozo -que parecía de mi edad- me entregó un catálogo a todo color con fotos y datos históricos de “Los Gorros del Desierto” en versión bilingüe, español-inglés. Pasé al segundo patio, el lugar estaba vestido elegantemente de fiesta, como nunca antes lo había visto; luces bajas, mesas con blancos manteles y sobre ellas, arreglos florales naturales y ceniceros, un podio con micrófono en el centro y música envasada de fondo, muy suave, mozos y mozas repartiendo jugos naturales, copas de vino y champagne, ahí estaban los “invitados”, todos saludándose, entablando conversaciones y armando grupos, vestidos de gala, incluso lentejuelas brillando, aunque los hippies nunca faltan, sobre todo en este ambiente culturaloide –concluí-. La mayoría era de más edad que yo, calculé que eran desde los treinta en adelante. Los que bordeaban los veinte y tanto eran mozos, quise preguntarle a ellos para conseguir trabajo en eso, pero algo interior me impidió hacerlo. Seguí mi recorrido por el patio. Pude distinguir que algunas personas andaban con unos gorritos de cartón de color en la cabeza y reían, supuse que estaban imitando a los que estaban en exposición, miré mi preciado catálogo y ahí estaban, eran los mismos. Ellos –los de gorro- se paseaban de grupo en grupo saludando a los invitados, tal vez eran los anfitriones del evento.
Yo no conocía a nadie, tampoco estaba en un grupo, y no vi a la señora Erika. Entonces me sentí muy sola, culpe toda mi aislada existencia provinciana en esta ciudad y disimulé mi sentir quedándome en una esquina con una copa en la mano, leyendo el catálogo completo -la versión en español- esperando que abrieran las puertas para ver la muestra. Los señores de gorro pasaron delante de mi, saludaron al grupo de al lado con gran fraternidad.
Presentaron la exposición, hablo su curador quien recalcó la importancia de conocer nuestra historia, la directora de la Fundación Larraín quien se refirió a la colección de gorros y el representante legal de la institución que puso los recursos económicos para el montaje; BHP Billiton, quien leyó unos párrafos que hablaban de la cultura. Al escuchar a aquel hombre de terno y corbata hice un recorrido mental sobre BHP, recordé que es una empresa Canadiense que se ha llevado el cobre de nuestro país y a cambio realiza un aporte a la cultura mediante el auspicio de esas costosas puestas en escena. Entonces comprendí, lo que menos importaba en este asunto eran los “Gorros del Desierto”.
Los aplausos me hicieron aterrizar, aplaudí, y de pronto todos venían en dirección a mí. Detrás se abrieron las puertas, me di media vuelta y entré. Tuve el placer de ser de las primeras en entrar, recorrí la muestra y muy cerca de mí, vitrina tras vitrina, oí lo que comentaban el curador con el hombre de corbata…
-¡Ese! ¿De dónde es?
-¡Ese es Inca!
-¡OH, es muy bonito, está intacto! Es increíble.
Y juntos posaban para las fotos, sendos flash permitidos sólo en esa oportunidad, supuse, ya que las veces anteriores en que yo había visitado el museo, no dejaban utilizar cámaras porque el flash daña las piezas. Pero era evidente, era la “inaguración” en donde todo estaba permitido, en donde todos esos gorros presenciaron en sus rejas de vidrio como las luces de las cámaras los cegaban a cambio de imágenes de personas delante de ellos que tal vez aparecerían al próximo día en algún medio periodístico cultural on line que seguramente nadie lee –al menos yo que no tengo internet-. Avancé rápidamente, no quise presenciar las sonrisas. Llegue al final de la exposición, había una pantalla gigante y tres corridas con seis sillas cada una. Se exhibían algunos extractos de documentales relacionados con la fabricación y uso de gorros. Me senté, exhalé. Con gusto vi dos veces todos los cortos, en suma cada ronda duraba unos quince minutos, quizás más. Durante todo ese lapso, presencie como la gente llegaba, miraba, algunos se sentaban un momento, y se iban. ¿Acaso a nadie le interesaba ver esas valiosas imágenes en donde se aprecian los gorros con vida, fabricados y utilizados por sus creadores?, ¿De qué se trata la inauguración de una muestra museográfica a la cual se accede sólo con invitación? Me retiré queriendo entender este embrollo.
Al salir me encontré con un maravilloso “cóctel” que incluía extravagancias como ají de gallina, camarones ecuatorianos y ceviche, servidos en elegantes cucharas de loza, brochetas de carnes y frutas, mango sour, dulces y chocolates, entre otros. Para no desaprovechar la oportunidad, me pare en una esquina, comí a destajo y sin vergüenza… nadie me conocía y era gratis.
Pedí un cigarro a una señora que estaba cerca de mí, ella entendió mal, pensó que yo le preguntaba si le molestaba el humo. Repetí la pregunta y me dijo que no tenía. Me quedé con las ganas de -por lo menos- fingir que fumaba un cigarrillo en mi soledad. Le metí conversa luego de un silencio y resultó ser la esposa del sonidista; me habló del montaje de los equipos, de cuanto le pagaban por las pegas, que su marido trabajaba para la municipalidad de Santiago hace 26 años y que ya estaba acostumbrada a ese tipo de eventos, además le encantaban los cóctel, aunque le caía mal el pisco sour y por eso tomaba tinto a diferencia de mi. Yo le hable de mi situación de paracaidista y que en realidad no conocía a nadie, que era mi primera vez en un acontecimiento así. Se acercó sigilosamente un hombre a conversar con nosotras, estaba vestido muy elegantemente. Quise saber que relación tenía él con esta fantástica inauguración. Antes que yo dijese una palabra, la señora le explica que yo soy uno de “ellos”, el se rió y nos dijo; ¡somos todos cómplices entonces!, y engulló un ají de gallina. Supuse que él también era encargado del sonido, entonces me habla de su profesión; “soy figurador”.
Con la confianza que le produjo mi condición de invitada de piedra, él me explica con mucho detalle a lo que se dedica; me cuenta que su abuela era pintora de
Me incorporé y volví al grupo. El figurador le pregunta a la señora del sonidista; ¿cuántas llevai?, y ella dice; ¡voy por la media docena!, ríen juntos. Quedé colgada de esos comentarios y en seguida noté que ambos tenían distintas técnicas para robarse las cucharas de loza en que servían el cóctel. Reí con ellos y les conté que yo a veces tenía esa manía, comentamos el posible efecto que le hacía la pérdida de algunas cucharas de loza a la banquetera. El figurador narró que tenia una gran colección de implementos de cóctel; ceniceros, copas, cucharas de todos los tipos, hasta servilletas de género. Como promedio asistía todas las semanas a una inauguración de cualquier índole cultural y con eso el ganaba unas “lucas” y souvenir. Cuando quise saber de quien provenían esas “lucas”, evadió el tema, sin embargo, me hizo un catastro de eventos famosos y de los recuerdos materiales que tenía de aquellos. Recordó con especial cariño un reciente cóctel en donde estaba la presidenta de Chile, en el cuál las cucharas eran de porcelana. Me habló con mucho conocimiento de la calidad de las distintas banqueteras que había probado por su trabajo y para él lo que estábamos comiendo en ese preciso instante era de calidad media, para nada sofisticado, ya que los cócteles de los políticos eran lejos los más “cuicos”. De pronto aparecieron los dulces, lo que indicaba –para el figurador- que el cóctel estaba llegando a su fin. Vino un mozo a ofrecernos en su bandeja una variedad de deleites para mi gusto y sin ponernos de acuerdo, entre los tres dejamos la bandeja casi vacía, el mozo rió, la señora se justificó; ¡son para los niños! El mozo se alejo, y comentamos lo maravilloso que es comer gratis.
Ya se había echo de noche, era hora de marchar. Me despedí de mis nuevos amigos, la señora del sonido me regalo una tarjeta de su marido por si algún día necesitaba amplificación, el figurador me abrazó y me deseó suerte en la vida, me dijo; ¡ojalá nos veamos en el próximo cóctel del museo, claro que sólo si te invitan! Reímos juntos otra vez.
En el camino a casa pensé en lo que había experimentado, y después de haber vivido cinco años en esta ciudad, disfruté mucho en mi primera inauguración porque no tuve que hablar de Antropología en una instancia en donde iba predispuesta a ello. Me sentí muy bien, con un aire nuevo, con la comodidad de no pertenecer a los círculos que se mueven delante de mis ojos, de los cuales alguna vez quise ser partícipe y quedé a un lado del camino por ser aún estudiante. ¿Qué me queda para el futuro?, no lo sé, pero al menos en ese momento estuve feliz de conocer en ese teatro de la cultura local capitalina lo más fascinante para mí, esos otros círculos intrascendentes que me representan y permiten deambular sin ser vista. Llegué a casa, metí las manos en mi bolsillo para sacar las llaves y sentí las cucharas de loza que me había traído de recuerdo, para no olvidar que nunca espero entenderlo todo.
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