Dagoberto Ramírez
Una de las charlas más entretenidas fue la que presenciamos de parte de Raúl Molina, geógrafo de profesión, amante de la etnografía, y candidato a doctorado en antropología.
La cantidad de datos históricos recopilados por su proyecto sobre el Huasco Altino, lo hacían ver como un especialista de la etnohistoria en esa zona, confrontando duramente a la tradición arqueológica de Chile, los cuales no podían aceptar la resurrección de una etnia que sólo era conocida a través de las técnicas y metodologías arqueológicas aplicadas a la cultura material, considerada como Diaguita.
Según relato de Raúl Molina, en 1813 en el Valle central quedaban 103 pueblos de indios. En 1823 Freire ordena rematar y dividir los rublos de indios y sacarlos de sus tierras. El único sector que no se ve intervenido, producto de su aislamiento, fue el Huasco Altino. El 1903, van todas las familias del Huasco Altino a inscribir sus tierras, y se ponen como nombre. Estancia de Huasco Altino, se inscriben
La suficiente evidencia lleva al gobierno este mismo año, a resignificar la cultura Diaguita, como una cultura viva.
Lo interesante de todo lo anterior radica en la soberanía de la razón científica, por cuanto da legitimidad de existencia o no existencia de una etnia. Ante esto hay un hecho nacional. Por cierto los sucesos vividos últimamente en la octava y novena región nos hacen reflexionar sobre el papel de la ciencia en función de los intereses supranacionales. Es muy común entre historiadores y antropólogos, echar mano de las fuentes históricas para denunciar el genocidio cultural, económico y humano que significó la instalación del Estado nación cuando avanzan las tropas militares a fines de siglo XIX. Hablamos de la mal llamada pacificación de
Tal vez lo expuesto por Raúl Molina, sea a estas alturas un mero justificativo para detallar este asunto, porque mientras teníamos a una presidenta bailando a ritmo de la cultura Diaguita en la celebración del Palacio de Moneda el día que se concede vida plena a la cultura Diaguita, la realidad del sur de Chile nos espanta.
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