martes, 19 de diciembre de 2006

La muerte inesperada de un dictador.

Alejandro Herrera Villagra.

Introducción

Este pequeño texto lo escribe alguien que ha sentido odio profundamente. Puedo decir que la «autoridad etnográfica» para hablar de ello es real, sentida y padecida. He venido pensando en esto desde hace mucho tiempo y me he esforzado por automedicarme con la seria intención de curarme. El odio mata al hombre carcomiéndolo por dentro. El odio persigue al hombre, lo desespera, lo hambrea, lo obsesiona. Filósofos y psiquiatrías seguramente han escrito cientos de textos científicos en torno al tema. Los poetas y los novelistas también. El cine, como medio público de proyecciones del imaginario colectivo, también ha abordado el sucio tema del odio (es decir, del terror, de la dominación y de la opresión). Este antisentimiento transforma al hombre en monstruo, distorsionándolo y deformándolo. Eso fue lo que me ocurrió personalmente cuando experimenté y viví el odio que me despertara la intromisión fatal de la vida del dictador (del que ya no menciono su nombre nunca más) en mi propia vida; mi padre había sido fríamente fusilado en el Estadio Nacional en aquel amargo y gris 1973. Ese hombre había dejado una viuda y tres hijos. Esta es la gran historia de mi vida. Será una historia que se extinguirá solamente el día en que finalmente yo también me extinga. A veces pienso en mi propia representación (quién soy realmente); pienso en el dicho “cría cuervos y te arrancarán los ojos”. La generación en la que yo nací y pertenezco, debió luchar duro. Protestar incansablemente, superar el miedo. Fuímos cuervos. En esa imagen se convirtió mi odio.

Pero los odios están condenados a morir. Los seres humanos también gozamos de la terrible certeza de que un día dejaremos de respirar, que todo tiene un fin, que moriremos tarde o temprano. Y es así como le ha llegado el turno al dictador. ¿Cómo me siento? No podría realmente definirlo. Intentaré aquí reflexionar precisamente acerca de la indefinición, la ausencia de formas, de lo que he pensado y sentido acerca de esa viscosa sustancia que lentamente va desapareciendo, haciéndome libre y dejándome en paz. Creo que vale la pena reflexionar sobre este delicado tema en la perspectiva del pensamiento antropológico, pues tiene que ver con la propia subjetividad, con la identificación social y política, y especialmente porque las experiencias vitales históricas impregnan las habilidades cognitivas y las disposiciones emocionales del etnógrafo.

Desarrollo

La muerte de mi padre representa la carga con la cual mi vida queda marcada. Este es mi ethos personal. Pero si bien me contaminé del odio de la época puedo decir que al menos no me transformé en un fanático de ninguna forma. Mis ideales políticos y filosóficos son partidarios de la diversidad y de la pluralidad, así como mis ideas profesionales tampoco se expresan en ortodoxias de ningún tipo. Mi padre es mi punto de apoyo, mi orientación, el «acontecimiento histórico» que marca mi pensamiento, intuiciones y sentimientos, todo uno. Pensar en mi padre es pensar en el destino probable de la humanidad. Esta lección que consigno aquí es lo que representa la figura de mi padre. Pensar de este modo me salvó de ser hombre agobiado por la rabia y el odio. Pero la fórmula que creé para mi mismo poseía y posee un problema adicional: que por ello pasaré el resto de mi vida pensando y pensando, interminablemente. Yendo de pregunta en pregunta, sin agotar jamás las respuestas. Pensar: un hecho cognitivo que ha transformado al hombre y a su sociedad, a través de la violencia y la intolerancia. Pensar, como un acto maravilloso y creador. Pensar, como un acto de memoria, de identidad, de soberanía. Pensar y no poder evitarlo, y recordar, e imaginar, cómo es todo esto.

¿Qué cambia en nuestras vidas con la desaparición física del dictador? Habría que dividir en dos la reflexión: uno, que aborde la coyuntura político-administrativa, desde la perspectiva institucional y ética (podría decirse: pública y orgánica) y, dos, desde un punto de vista más bien íntimo, el de la subjetividad, el espacio singular en el que las personas sienten, experimentan y viven. La primera mitad artificial del problema recién expuesto es complejo, pero la otra mitad lo es más. Pues sucede que, en este país, fueron los propios chilenos los asesinaron, torturaron y desparecieron a otros chilenos, sus “conciudadanos”, ya que no sus hermanos. Sucede que en este país la tragedia de la violencia terminó con la vida de más de 3 mil personas; que fueron encarcelados y torturados más de 27 mil individuos. Que otros tantos fueron exiliados. ¿De dónde salió esa ferocidad y crueldad inimaginables? ¿Quién les enseñó a torturar a nuestros militares y policías? ¿Quiénes estuvieron detrás de la violencia y el terror desplegando su poder económico y político? ¿Pueden coexistir en la mente humana fuerzas tan contrarias, como lo es el sadismo y lo religioso? La imagen de un militar torturador es violentamente hipócrita si la comparamos con su supuesta creencia en Dios y en la Iglesia o la Patria. ¿Qué sociedad puede construirse sobre la base de la agresión y la amenaza, con individuos controlados férreamente y castigados inhumanamente?

En los ochenta la psicología social, la atmósfera social, el inconsciente colectivo, las representaciones y las mentalidades, estaban tan enrarecidos como el cielo contaminado de nuestra capital nacional. No obstante, la gente del pueblo, los habitantes de las poblaciones periféricas, lo recuerdo muy bien, desarrollaban su vida con la esperanza e incluso la alegría de que un día no lejano se acabaría todo aquello. Mi primera infancia y juventud, precisamente, la vivía en una de esas poblaciones, la población “El Cortijo”, ubicada en la comuna de Conchalí, y recuerdo bien los allanamientos, las ráfagas de ametralladoras, los muertos, las barricadas, las detenciones clandestinas de los grupos de Inteligencia del Estado. Pero también recuerdo la alegría que brotaba de la pobreza, de la solidaridad y de la insatisfacción.

La cuestión expuesta en segundo término, tiene que ver con la coyuntura político-administrativa, desde la perspectiva pública y orgánica, es decir, tiene que ver con el desarrollo de la democracia, de nuestro sistema político, del marco legal constitucional (el “estado de derecho”), las representaciones partidarias, de la independencia de los poderes del Estado, y especialmente, con el modelo económico-político heredado de la dictadura militar, el nuevo liberalismo en el contexto de la creciente globalización en occidente (innovación introducida por chilenos educados en universidades norteamericanas como Harvard y Chicago). De aquí desprendo una reflexión fuerte: sociológicamente la podemos visualizar en la brecha existente entre el individuo y la sociedad, especialmente en lo tocante a las patologías sociales derivadas de las prácticas del poder. Quiero decir, que los anhelos del Estado y del gobierno son muy diferentes al de la gente que esperaba algo brillante, liberador, justiciero. Y no me mencionaré la “alegría” invocada por la Concertación; era lamentablemente sólo un slogan de buenos publicistas y comunicadores, jamás una invitación sincera para la gente.

El dolor y la frustración que se derivan de una justicia infructuosa, de una reparación moral y material que nada tiene que ver con la pérdida física de los seres queridos (que no la resuelve no la soluciona), y de una experiencia existencial perpetuamente afectada de los que están vivos cierran la posibilidad de un “encuentro” entre los individuos, primero, y luego con la sociedad, con el gobierno y el Estado, en segundo término.

Lo que quisiera expresar tiene que ver con el individuo afectado íntimamente en su vida personal y familiar. Tiene que ver con los deudos, con los sobrevivientes, los individuos torturados, y las consecuencias psicológicas de un dolor y un sufrimiento proyectado desde el Estado. Los conceptos de memoria, verdad y reconciliación tienen una carga emocional tan encontrada que no resultan ni presentables ni poseedores de ninguna lógica. Estas palabras (o su uso mediático) atentan contra la sensibilidad de cierta parte de nuestra sociedad. Del otro lado, es imposible no estremecerse al contemplar por televisión un funeral muy concurrido con fieles seguidores dispuesto a repetir un gobierno golpista y represivo. Es decir, es elemental el contraste entre los que perdieron parte de sus vidas y los que fueron responsables de los robos de vidas. Existe, así lo creo, una división marcada entre los que derramaron su sangre y los que la extrajeron. Un conflicto de cuerpos. Una división insalvable en el corto y mediano plazo histórico. Otro dato: las Comisiones Rettig y Valech no han logrado hacer real conciencia de la terrible experiencia. Pienso que somos nosotros quienes tendremos que construir el diálogo y el debate necesarios para introducir legislaciones, reflexionadas desde las ciencias sociales, eficaces y que estén activas desde la matriz fundamental de la reproducción de cultura en nuestro país: desde las estructuras de enseñanza, desde las más elementales hasta las más especializadas. Cada chileno del futuro tiene que ser formado y educado en el respeto fundamental por la vida humana, por su dignidad, y activo en la solución de los problemas acuciantes de la existencia terrenal; individuos con una alta ética social y política.

Ambos modos de preguntarse por la muerte de un dictador, sin lugar a dudas, no hacen sino descubrir más y más ángulos de abordaje para un problema a escala nacional.

1 comentario:

Katherine Fritis Lattus dijo...

Piru... no sé que decir. que escribas esto es muy importante para mí, porque a través de tu relato veo elementos que explican la reflexión profunda que haz llevado a cabo toda tu vida sobre el ser y la importancia de las realidades ocurridas en chile a través de tu historia de vida, cómo intentaste canalizar el odio hacia un buen puerto de reflexión y para ello, un largo camino que te llevo a recorrer en tu imaginario tu infancia y la vida en represión, hasta hoy y la supuesta democracia... ese intento de explicar esa indefinicon que nos ocurre a quienes de una forma u otra, respiramos de cerca toda la mierda dejada por la dictadura que es ahora parte de nuestras subjetividades.