martes, 19 de diciembre de 2006

El Renacer Colla

Katherine Fritis

Me subí al bus imaginando quién sería esta vez mi compañero de viaje. Deje atrás mi familia para volver a Santiago -una vez más- volver a la Antropología. Como siempre, me senté a la ventana del número 13 y respire profundo. Y se sentó al lado ella. Muy delgada, joven, la noté nerviosa.

-¿Usted va para Santiago? –Me pregunta-

-Si –le respondo-

-Yo también –afirma-

-¿usted es de allá? –le pregunto-

-No, soy de Copiapó. ¿Y usted?

-Yo tampoco, soy de Antofagasta.

-Mire. ¿Y que anda haciendo por Copiapó?

-Vine a pasar el dieciocho donde mis abuelos.

-¿Y usted vive en Santiago?

-Si.

-¿Y que hace?

-Estudio en la universidad.

-Ah, mire, que bueno, yo la verdad no conozco Santiago, ahora recién lo voy a conocer.

-¿Y a qué va para Santiago?

-yo voy al hospital San José, al Instituto Nacional del Cáncer.

- ¿va a atenderse allá?

-Sí, es que a mi me detectaron cáncer a los huesos, mire por eso estoy así de flaca. Porque sabe usted que yo trabajé tantos años en la fruta, allá en el pueblo de Nantoco de donde es mi pareja y entonces me dijo el doctor de Copiapó que a lo mejor por estar ahí trabajando con esas cosas que le echan a las plantas a mi me pudo dar este cáncer, igual estoy bien nerviosa porque me van a irradiar allá en ese hospital que le dije y por eso me corté el pelo mejor, porque me dijeron que se me iba a caer, igual me compré este gorrito que me tapa todo, pero sabe usted que estoy bien así como rara, como ansiosa.

-¿y usted va solita a atenderse en el hospital?

-No, mi cuñada viene sentada más atrás, me acompaña ella y vamos a quedarnos a dormir ahí en la casa que tienen para nosotros, que es gratis, porque ve que uno viene a atenderse y en eso se va toda la plata, ¿ve?.

-¿Y esa casa donde se va a quedar es del hospital?

-No, es de los collas ¿usted conoce a los collas?, somos los indígenas de esta zona, yo soy colla con toda mi familia y en Santiago hay una casa en donde llegan todos los enfermos, y me han dicho que allá hay varias personas con cáncer, hay mapuches y aymaras también, todos, si me van a dar todo gratis, uno tiene que dejar un aporte no más, para que pueda alojar más gente indígena cuando se enferme y tenga que ir para la capital.

Me suspendí en el aire, pensé en los Collas, me imaginé esa casa llena de indígenas enfermos, se me revolvió el estómago, ¿sería un hospedaje auspiciado por el estado o una iniciativa desde los mismos indígenas?, no quise preguntar, simplemente me alegré que fuera gratis. Fue su cáncer que me aterrizó al suelo, el temor a la muerte me acechó más su coraje fue una luz, sentí el pavimento bajo las ruedas del viejo bus que nos llevaba a la gran capital, un misterio que la flaca quería resolver conmigo antes de llegar.

-¿Usted como se llama?

-yo soy la flaca para servirle. ¿Y usted?

- yo me llamo Katherine.

Silencio. El auxiliar nos pregunta si deseamos frazadas, aceptamos y la flaca rompe el hielo

-¡están olor a pata estas cuestiones, chi seré pobre pero limpiecita!...

Así conversamos hasta muy tarde, en la oscuridad de la noche que avanzaba a pasos agigantados en línea recta hasta Santiago, hasta su primera irradiación. Me confesó que el padre Pío la guiaba, guardaba con recelo una imagen en su pecho. Su incertidumbre me llevó a darle la mano y juntas, de pronto, caímos en profundo sueño.

Desperté y estábamos llegando al Terminal. Me baje del bus dormida a buscar mi mochila. La flaca se acercó y nos despedimos rápidamente, no hubo tiempo de números ni direcciones. Miré como se perdía entre la gente y supe que su día sería muy duro, en mi interior le desee mucha fuerza y me quede ahí pasmada, incorporándome a la fría mañana y asumiendo, una vez más, que la Antropología no es más que un medio, quise yo que fuese un remedio para la flaca.

Su sentir Colla me llevó a comprender que sabiendo que existen discusiones a nivel de profesionales de las ciencias sociales en torno al reaparecer de esta etnia perdida -quizás acorralada por la Arqueología a otros meridianos vecinos- y los beneficios que conlleva su reconocimiento estatal, como en el caso de los diaguitas, existe en la tercera región gente que se identifica con ello, como la flaca, campesina pobre que con su cuerpo pagó las consecuencias de la contaminación por plaguicidas de las grandes empresas que se han adueñado de la agricultura desviándola al monocultivo de la uva para exportación. Como Colla enferma, mediante su cáncer conocería las redes indígenas que operan en Santiago. La flaca tenía ansiedad de comunicarse con algún mapuche para que le pudiese enseñar algún método alternativo para sanar el dolor, que ya había intentado apalear por todos los medios sin resultados efectivos. Si existe beneficio estatal, ella no lo tenía, vendió todo lo que tenía siquiera para realizar el viaje. Si existen otros que gozan de esos beneficios en su tierra, allá ellos con su estampa Colla a flor de discurso, pero me quedo tranquila que al menos una es honradamente Colla y siente sus antepasados temblar cuando cierra los ojos y aprieta sobre su pecho al globalizado padrecito Pío que le ayudaría en la moderna medicina de ahora llamada irradiación.

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